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Panamá: ¿Hacia unos territorios sin agua?


Por Alfons Bech* I junio/15 I


Acabo de llegar de Panamá. Lo que he visto durante este mes final del verano me ha impactado. Panamá, uno de los países centroamericanos donde más llueve; donde el Canal interoceánico utiliza este insustituible elemento para funcionar; donde millones de toneladas de agua se usan y tiran para que pasen los barcos…está sedienta. Si esto ocurre en Panamá, ¿cuál es el futuro que nos espera al resto del mundo donde apenas llueve una pequeña parte de Panamá?

Durante unas semanas he vivido una “crisis de agua” en la ciudad de La Palma. Esta pequeña ciudad de cinco mil habitantes es la capital de la provincia de Darién, situada en el extremo oriental de Panamá, colindante con Colombia. Pues bien, ella es la provincia más selvática y boscosa de Panamá. En ella está el Parque Nacional Darién y las Reservas de Canglón y Filo del Tallo. Y además está situado el humedal y laguna natural más importante de Panamá: Matusagaratí, “lugar abundante de comida, rodeado de agua” en lengua Guna.

La interactuación del ciclo del agua

Las Reservas de Canglón y Filo del Tallo interactúan con el humedal. Este actúa como un verdadero corazón de una vasta extensión, llenándose y vaciándose de agua hacia el río Tuira, el más caudaloso de Panamá. El bosque tropical originario, de tipo amazónico, atrae la lluvia y ésta se encharca en la laguna, llegando a tener casi 50.000 hectáreas. Ese corazón “late” y su vegetación actúa como una esponja en cada estación, ensanchándose o comprimiéndose en función del agua recogida. Matsugaratí es un criadero o, como dice la ambientalista Ligia Arreaga,  “sala de maternidad”, donde desovan y nacen miles de peces y crustáceos; también miles de aves y muchas especies. Es un paraíso biodiverso aún por explorar y descubrir.

¿Qué es lo que hace que Matusagaratí, que Panamá, tenga esa riqueza ecológica? Pues es el agua. La cantidad y calidad de agua dulce que producen sus bosques tropicales. Pero eso está cambiando drástica y aceleradamente. La tala de madera preciosa para su explotación ha agotado ya prácticamente el caoba y el cocobolo, especies que casi han desaparecido. Una tala incontrolada en la que madereros sin escrúpulos van de la mano de funcionarios u organizaciones que debían “protegerlos”, como la Autoridad Nacional del Ambiente (ANAM) o WWF, que proporcionan coartadas supuestamente legales para realizar esta devastación.

Así, la salida de madera, preciosa o no, es constante. La carretera Panamericana que une Darién con Panamá está destrozada debido a los cientos de camiones cargados de enormes troncos que transitan cada día por ella. Es un desfile que da pena, que encoge el corazón pensando la cantidad de oxígeno y agua que se va con cada árbol centenario cortado. Hay denuncias, se sabe que hay robo en las comarcas indígenas, pero nadie paga por ello. Es la impunidad que da la corrupción de autoridades y funcionarios que están metidos en el negocio de la madera. Un fiscal acaba de devolver toneladas de cocobolo robado al presunto ladrón.

Pero a esa devastación se le añada otra peor, más mortal y directa: el desagüe de Matusagaratí.  Esta laguna viene siendo desaguada por enormes canales de más de cinco metros de ancho por otros tantos de profundidad, por una supuesta empresa de agricultura, AGSE, SA, de capital colombiano. El iniciador de la empresa y cabeza visible, Javier Daza Pretelt, se encuentra encarcelado acusado de narcotráfico y crímenes de campesinos en Colombia. La empresa desagua el humedal para plantar arroz y palma aceitera, utilizando productos químicos  para fumigar y causando mortandades entre todas las especies vivas, especialmente peces.

Así es como lavan un dinero sucio de sangre: desangrando la naturaleza. Como en la madera, autoridades y funcionarios corruptos han colaborado estrechamente en este crimen. Desde el inicio de la venta ilegal de tierras nacionales de humedal en 2006 (inadjudicables por principio) y de los desagües en 2009, la organización Alianza por un Mejor Darién interpuso denuncias ante la Fiscalía y Autoridad del Ambiente. Más de seis años después aún sigue habiendo el desagüe y no hay nadie preso.

Cortar y quemar bosque, ¿hasta cuándo?

Por último se le añade la extensión de la frontera agrícola y ganadera. El incremento desmesurado del consumo de carne ha disparado los precios haciendo de la cría de vacuno un negocio más rentable y apetecible que otros. Nuevos propietarios prueban entrar en él. Otros de las provincias centrales de Panamá, como Los Santos o Herrera, donde el ganado ya no encuentra agua, se trasladan a Darién. Ellos tienen la costumbre de tumbar todos los árboles y al año siguiente prenden fuego. En muchas ocasiones prenden fuego directamente al bosque primario y mueren los árboles en pié.

Los agricultores también queman cada año su tierra. En todo Darién este mes de marzo se han visto incendios por doquier. Agricultores y ganaderos creen que el fuego purifica y abona el suelo, cuando hace exactamente lo contrario. Los agroquímicos que necesita el “pasto mejorado” son cada vez más fuertes, sino hay “débil” producción. La contaminación del suelo se va hacia las quebradas y el río.

Esta combinación de corrupción, impunidad, avaricia e incultura, es fatal. Es lo que hace que, finalmente, la población, los animales, los árboles y especies, se queden sin agua. Es lo que ha pasado en Darién: la capital La Palma, ha tenido que ser auxiliada desde Panamá con agua embotellada y con máquinas perforadoras y de limpieza de pozos subterráneos de agua. Pero, como dice el experto en aguas profundas y del equipo de choque del IDAAN (empresa del estado panameño que se encarga de los acuíferos), el ingeniero Gonzalo Pulido, “si siguen desaguando la laguna Matusagaratí y cortando árboles nada podrá hacerse para evitar que se sequen los ríos y las quebradas, y Darién no tendrá más agua”.

Así las cosas parece que estamos llegando a un límite en la codicia y en la estupidez humana. Ese límite es que hasta las zonas más húmedas del planeta, como Darién, como Panamá, la práctica abusiva y la desmesura en agotar la naturaleza nos lleva aceleradamente a la falta de agua. Y sin agua no hay vida. Ninguna vida: ni vegetal, ni animal, ni, consiguientemente, humana. Si los mantos acuíferos se secan -por los desagües y por romper el ciclo del agua al cortar los bosques que interactúan con ríos, quebradas y humedales- empieza el proceso de desertificación. He podido ver ya en Darién terrenos pelados donde apenas queda una brizna de hierba, tras algunos años de haber talado todos los árboles y quemado para sembrar pasto.

¿Hay solución a esta crisis del agua? Puede haberla, en mi opinión. Pero es complicada pues no se trata de una sola medida sino de una serie de medidas combinadas. Por ello se trata de medidas de Estado, de poder político, en primer lugar. Si el Estado ni pone orden, difícilmente se pueden realizar medidas paliativas. Y el actual Estado de Panamá –al igual que el resto de Estados del mundo, cada uno en mayor o menor medida- no están por la labor porque son sumisos servidores de los poderes económicos, de los que tumban bosques, saquean maderas preciosas, minerales, naturaleza…con el fin exclusivo de convertir esta sobreexplotación en beneficio privado. Esto es así desde hace cientos de años, y se ha incrementado esa sobreexplotación en las últimas décadas y, en particular, desde la crisis de 2008.

Por tanto las soluciones son todas transitorias. La sociedad, la parte más consciente de la sociedad, lo que ahora se llama movimiento social, sociedad civil, comunidad, etc., debe alzarse, rebelarse, movilizarse. Debe exigir a los gobiernos acciones enérgicas y urgentes, que correspondan a la salud pública que se está perdiendo rápidamente. Pero debe a la vez, empezar a actuar por su iniciativa. A impedir que los particulares incumplan las leyes más elementales y ROBEN los bienes que son comunes. Por ejemplo, impedir que roben el agua, los árboles, que los quemen, que fumiguen indiscriminadamente.

Oír hablar a Bill Clinton, en el Foro de Sociedad Civil de la VII Cumbre de las Américas, de que “la sociedad civil se debe empoderar”, da asco. Alguien que ha estado abusando de su poder con jovencitas, declarando guerras y bloqueos, no puede dar ninguna lección. Es la sociedad misma quien debe organizarse para hacer cumplir la ley y obligar a cumplirla a los servidores que no lo hacen. Sí, obligar. Ese es el “empoderamiento” que hace falta, no hacer bonitas declamaciones y luego que los que roban lo sigan haciendo impunemente.

Los vecinos y parientes que queman deben ser llamados al orden para que no lo hagan más. Denunciarlos ante la autoridad si no han avisado de la quema, o denunciar a quien la haya autorizado.  E impedir que lo haga. Los que desaguan Matusagaratí deben parar inmediatamente esos desagües, visitando esos canales, denunciándolos, poniendo obstáculos, poniendo pancartas, haciendo acciones o manifestaciones para que la Autoridad decrete el cierre cautelar de los canales de desagüe. ¡No podemos esperar que se desangre completa e irreversiblemente la laguna Matusagaratí!

Hay que actuar contra los principales criminales del ambiente, que son las grandes empresas. También así los pequeños y medianos criminales no tendrán excusa para decir “a los de arriba no les exigen nada y a nosotros sí”.  Hay que exigir decisiones políticas urgentes, valientes, de los gobiernos, si se quiere de verdad educar al pequeño agricultor y al pequeño ganadero para que lleve unas prácticas económicas ambientalmente sostenibles. Y hay que darles apoyo acompañándolos en una transición hacia una agricultura ecológica y ganadería silvopastoril.

Por tanto, sí se puede frenar que vayamos hacia unos territorios sin agua.  La crisis de agua de Panamá, de Darién, de su ciudad La Palma, es sólo la punta de un iceberg que está en todo el mundo. Ojalá aprendamos rápido las lecciones y las apliquemos. Si no, no habrá agua. No habrá vida.  



*Alfons Bech es un veterano resistente antifranquista y sindicalista de CC OO, comprometido con la defensa del medio ambiente


Tomado de www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=7922







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