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“Por Dios, no lo maten, no lo maten”

Con este título me quiero referir al artículo escrito por José Antonio Gutiérrez D, sobre el asesinato de Giovanni Díaz, guerrillero campesino colombiano, que ha sido publicado en la red [www.ojosparalapaz-colombia.blogspot.com.es/2013/04/reflexiones-sobre-el-asesinato-de.html]


“Por Dios, no lo maten, no lo maten”por María Madrugada

Cuando lo leí tuve la impresión de estar frente a un documento histórico, o mejor, frente a un documento para reconstruir esa historia que está escribiendo con sangre nuestro pueblo en los escenarios de la vida rural de Colombia. No es la historia falseada y manipulada que trasmiten los medios de comunicación masiva y que se sintonizan con discursos rebuscados de “gente acomodada en las ONGs financiadas por la cooperación europea” y similares.
Su versión, a diferencia de la de la falsimedia, cuyas fuentes de información son el estamento militar y/o los personajes del poder hegemónico y sus aliados, se apoya y remite, a los testimonios directos y esclarecedores, de quienes vivieron y fueron testigos de los hechos.

Por Dios, no lo maten, no lo maten”. Esta suplica estremecedora que emitiera Eder Portillo, el campesino panelero abalanzado hacia los sicarios con los brazos en alto, me remitió al cuento de Juan Rulfo “Diles que no me maten”. Dolorosamente el campesino panelero, padre de cuatro pequeños hijos, que “ni siquiera conocía al guerrillero”, también fue abaleado.

Pero a diferencia del cuento que relata una especie de “ajuste de cuentas” sobre un personaje que solitariamente huye de la muerte, en nuestra convulsionada Colombia, miles de hombres y mujeres campesinos –en particular- se alzaron en rebelión contra las ignominiosas condiciones de existencia y para defenderse de la agresión que desde las elites en el poder se ha venido ejerciendo y se ejerce sobre sus vidas, las de su familia y su comunidad.

No es nuevo, lo sabemos, más de 500 años sojuzgados, e igualmente durante estos siglos, levantamientos, rebeliones, paros, marchas, huelgas, protestas, manifestaciones, y disimiles formas y expresiones de lucha para enfrentar la ignominia. Todo se ha ensayado, y aquí estamos, y aquí seguimos, a la verraca, con formas más crueles de explotación, opresión y miseria. El hecho es que las cosas no andan nada bien en estas tierras, ¿o sí? Alguien nos puede mostrar las bondades del neoliberalismo y del capitalismo salvaje en nuestra Colombia herida?

Pero volvamos al documento. Por campos de monte y caminos de tierra, transitó Giovanni Díaz aquel 2 de febrero para celebrar su 31 cumpleaños. Le imagino silbando, alegre y sonriente dada la descripción que de él hacen quienes le conocieron, “era un muchacho alegre, un joven comprometido con sus ideas, con un profundo sentido justiciero, amiguero, que despertaba simpatía entre la gente que lo rodeaba”. “Un muchacho de bastantes amigos y dicen que siempre que podía, bajaba a La Marina o a las veredas cercanas a compartir un trago y un baile, y a ver a su familia, a su compañera y a sus hijos” Y también era un campesino del Tolima de una humilde familia de cafeteros. Si, también era un guerrillero.

Necesario detenerse en esto último, ¡un guerrillero! Dios santo, otro más. Terroristas, delincuentes, criminales, bandidos, causa y fin de todos los horrores, esos monstruos salidos de quien sabe dónde, es lo mínimo que nos dice la falsimedia respondiendo a los intereses de sus dueños. Y es lo mismo que dicen sus aliados de ONs y similares, desde las argucias retoricas del intelecto, con la mesa servida con panes y quesos por la gracia de ese decir y desdecir, con “supremos análisis” sobre este mundo y el otro.

No les resultará como mínimo curioso que al funeral de Giovanni Díaz asistiera el pueblo llano, el pueblo campesino de ese sector de Tolima con muestras de dolor, para remitirme a este caso del que pudimos saber, por alguien (muchas gracias) que se tomo el trabajo de indagar desde las entrañas la verdad. De no ser así, la versión de la falsimedia se impone, como se ha impuesto en millares de colombianos, creaciones demenciales que derriban la realidad, ocultándola, tergiversándola y manipulándola, es ello hoy el opio para cegar conciencias.

El resultado de este opio es el estigma, la letra escarlata clavada sobre estos hombres y mujeres para que los quemen vivos en las calles de esta infame inquisición. No pudieron, e inventaron sus ejércitos paramilitares, que sumados al ejército institucional y con los miles de dólares del imperio y toneladas de bombas y aviones drones y no sé qué cosas más, los persiguen, asesinan y atormentan. No importa que sean guerrilleros o no, son campesinos, negros e indígenas y sobre la población rural se asesta con más saña la barbarie de la oligarquía y el imperio. Bombardeos, fumigaciones, masacres, deplazamiento, asesinatos. No importa si están armados o desarmados, lo que les importa es expandirse y aumentar sus ganancias. Lo que importa es que en la Colombia rural se encuentran los recursos naturales codiciados para concentrar el poder y la riqueza en sus manos y servir a los intereses del gran capital transnacional.
Pero el comunicado militar dice que dos guerrilleros de las FARC-EP murieron en combate. Qué forma tan vil de encubrir sus asesinatos, cambiar sicariato por muertes en combate y además se ufanan de sus actos. “La permanente ofensiva que las tropas del Batallón N17 José Domingo Caicedo, adscrito a la Sexta Brigada, adelantan contra el Frente 21 de las Farc continúa arrojando resultados positivos para la comunidad”. El presidente Santos con su doble faz que habla de paz y exhorta la cruenta guerra está muy orgulloso de los triunfos logrados.

El triunfo cobarde, el triunfo ruin es revelado en la desgarradora y última fotografía tomada a Giovanni. Él allí sentado, arreglado con sus mejores ropas, sus largos brazos caen a sus costados y su cabeza tirada contra el espaldar chorrea sangre sobre un piso liso y gris. Esa es la historia que está escribiendo con sangre nuestro pueblo.

Giovanni Díaz y Eder Portillo, se han convertido en sol, agua y tierra, que nutrirán los sueños de justicia, pan, dignidad y libertad, la noche oscura ha de pasar para encontrar la luz de un nuevo amanecer.

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