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Comunicado: Solidaridad con el Catatumbo: "El correr de la sangre campesina no puede ser la respuesta del estado a las justas peticiones y reivindicaciones del campo colombiano"

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Comunicado
Por Mesa de Unidad Agraria y Colombia Soberana

Pronunciamiento

Ante el agudizamiento del conflicto social en la región del Catatumbo donde miles de campesinos, labriego y productores de alimento del campo se han venido expresando de manera pacífica con la ocupación de las principales vías de la región ante la decídia del gobierno nacional para escuchar las peticiones de la comunidades de esta región del país que han sido históricamente excluidas de la posibilidad de vivir en condiciones dignas. A cambio el gobierno ha acudido por medio de la fuerza pública a la más descarada represión de que se tenga conocimiento en el país, en los últimos tiempos.

El asesinato de 4 líderes de la protesta por parte del ejército nacional y las varias decenas de heridos dejados por la agresión del estado, que como el pasado día, 12 de julio del 2013, a pocas horas de que los representantes del gobierno abandonaran la mesa de conversaciones, los campesinos que estaban en el sector de La Uno, a un kilómetro de Tabú, fueron víctimas fuertes actos de represión por parte del Escuadrón Móvil Antidisturbios, que deja un saldo de 15 heridos, uno de ellos de gravedad.

La violencia no es el camino adecuado para solucionar esta crisis. El correr de la sangre campesina no puede ser la respuesta del estado a las justas peticiones y reivindicaciones del campo colombiano. Heridos y muertos no deben ser el resultado de una manifestación justa. No es matando y reprimiendo el movimiento social como el gobierno debe solucionar los problemas estructurales y  más sentidos de la comunidad del Catatumbo.

La Mesa Nacional de Unidad Agraria así como Colombia soberana llamamos al gobierno nacional para que cesen las acciones violentas contra la población que ejerce su legítimo derecho a la protesta al igual que a retomar el diálogo en la MIA, Mesa de Interlocución y Acuerdo, con verdadera voluntad de solucionar esta crisis, enviando delegados idóneos  con capacidad de decisión para ello.

Así mismo llamamos al movimiento campesino nacional, a los pueblos indígenas y comunidades afros, como también a los pequeños y medianos productores afectados por la crisis que vive el campo a redoblar nuestra solidaridad con los hermanos del Catatumbo y a preparar la realización de la CUMBRE SOCIAL AGRARIA que se llevará a cabo próximamente, con el objeto de trazar rutas comunes en defensa del campo, el  territorio, el derecho a la tierra y por la vida digna de las comunidades rurales.

El campo, patrimonio y derecho de los pueblos para el bienestar de la humanidad.

 Bogotá D. C. Julio 14 de 2013.


tomado de:

[VÍDEO] El Nombre de la Paz es Justicia: Voces de las FARC-EP

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El Nombre de la Paz es Justicia: Voces de las FARC-EP
/Por Escuela de Cuadros/

VIDEO:

[documental de 40:49 min.]



En el verano de 2012 se anunció el inicio de una mesa de diálogo entre el gobierno de Colombia y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Los nuevos diálogos son un acontecimiento de trascendencia histórica tanto para el pueblo colombiano como para los pueblos del continente. En las conversaciones está en juego la posibilidad de una salida política al conflicto social y armado que perdura desde hace más de cincuenta años.

"El Nombre de la Paz es Justicia" es un documental del Equipo EDC que nos lleva a La Habana, lugar donde se desarrollan los diálogos. Allí escuchamos las voces de diversas personalidades de la delegación de las FARC-EP, entre ellos los comandantes Ricardo Téllez, Jesús Santrich, Andrés Paris y Marco León Calarcá, junto con la internacionalista Alexandra Nariño, las guerrilleras Camila Cienfuegos y Diana Grajales, y el músico Jaime Nevado.

Rico en historias personales, el documental relata la vida cotidiana y la cultura en la guerrilla. Pero el tema central es la larga búsqueda de una paz duradera por esta organización político-militar. Para las FARC, la paz es sinónimo de justicia social; se alcanzará la verdadera paz eliminando las raíces del conflicto: la desigualdad extrema, la libre entrega del país a las transnacionales y la exclusión violenta del pueblo de la vida política colombiana.

Santos, el “pacificador” de Colombia

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Luego del optimismo cuasi-orgásmico que invadió a todo el espectro político tras la declaración de un acuerdo provisional, “con reservas”, en el primer punto de la agenda de paz relativo a la cuestión agraria, que se negocia en La Habana entre el gobierno colombiano y las FARC-EP, una seguidilla de hechos han forzado el retorno de una dosis saludable de realismo político pues ponen en cuestión que tan convencido está Santos de la conveniencia de la “paz”.

El primer campanazo de alerta lo puso la visita a Colombia del vicepresidente de EEUU John Biden, luego de lo cual Santos recibió al representante de la derecha venezolana Enrique Capriles, desatando con ello una mini crisis entre ambos países que, como era previsible, repercutió en las negociaciones de paz. Inmediatamente, el gobierno comenzó con una campaña mediática cuyo único fin pareciera ser desacreditar a la organización insurgente con la cual negocia: hacerse eco del falso comunicado atribuido a las FARC-EP amenazando a la dirigencia de la CGT, bajarle el perfil al acuerdo agrario diciendo (falsamente) que era política del gobierno independiente del proceso con la organización guerrillera. Para colmo de colmos, la solicitud de ingreso a la OTAN que terminó en un completo fiasco, no puede ser entendida sino como una provocación [1] . Recientemente, la insistencia del régimen en descartar de plano una nueva constituyente como un mecanismo de refrendación del acuerdo, cuando es parte de la discusión en torno a participación política, es desafortunada [2] .

Pero la prueba real de que algo anda extremadamente mal en estas negociaciones, la constituye la creciente militarización y represión en el campo colombiano, precisamente en momentos en que, supuestamente, se está alcanzando un acuerdo de proporciones históricas. Junto con aumentar la militarización mediante las llamadas “zonas de consolidación militar”, se está generando todo un entramado jurídico para la impunidad mediante la ampliación del Fuero Militar que, según la FIDH, “faculta a los miembros de la Fuerza Pública a usar la fuerza letal contra los civiles y que además no necesariamente van a responder jurídicamente por las lesiones a los derechos humanos que se generen como efecto de un uso desbordado y descontrolado de la fuerza en operaciones militares y policiales”, considerándola comparable ni más ni menos que con el infame Estatuto de Seguridad Nacional de Turbay Ayala [3] .

Envalentonada la fuerza pública con este fuero, y al amparo de la represiva Ley de (in)Seguridad Ciudadana, la más mínima protesta en Colombia está enfrentando niveles de represión apenas imaginables: a finales de Mayo, por ejemplo, los pobladores de Zona Bananera (Magdalena), protestaron pacíficamente en la troncal del Caribe exigiendo agua potable. La respuesta oficial no se hizo esperar, y el ESMAD terminó hiriendo a seis manifestantes y asesinando a un bebé de 7 meses de edad [4] . Montajes judiciales y operativos masivos han sido adelantados en diversas localidades, como Tumaco (Nariño) [5] e Ituango (Antioquia) [6] . Quienes se enfrentan a megaproyectos como la represa El Quimbo, han enfrentado semejante suerte. El Estado está dejando en claro, mediante una represión en masa, que no permitirá que nadie se interponga en sus “locomotoras” del supuesto desarrollo.

Guerra al campesinado 

Un breve recuento de la delicada situación humanitaria que viven las regiones rurales en Colombia, servirán para ilustrar que estamos ante una política nacional deliberada. La lista que acá resumimos no agota todos los innumerables casos de violencia contra el campesinado, sino que representa algunas de las situaciones más graves de las que tenemos noticia.

a. Norte Santander, CatatumboQuizás los hechos más graves hoy en Colombia se viven en el Catatumbo, región de siete municipios (Convención, Teorama, El Tarra, San Calixto, El Carmen, Tibú y Hacarí) en Norte Santander. En esta región, desde el 11 de Junio se viene desarrollando una importante movilización de una muchedumbre desesperada de más de 4.000 campesinos en Tibú y 6.000 más en Ocaña, convocada por la organización campesina ASCAMCAT, que viene exigiendo que se acabe el incumplimiento del Estado y se decrete la zona de reserva campesina, la cual ha sido vetada ilegalmente por el Ministerio de Defensa que la ve como una piedra en el zapato para el desarrollo de su estrategia contrainsurgente en la región, la cual precisa de la militarización y la represión masiva. También demandan que se suspenda inmediatamente la agresiva política de erradicación de cultivos ilícitos con la cual se atropella a la comunidad y se les deja sin alternativas económicas para enfrentar la miseria y el hambre, que se suspenda la consolidación militar en la región así como los proyectos minero-energéticos que representan una amenaza para los campesinos, así como que se apoye y financie el Plan de Desarrollo Sostenible desarrollado por las organizaciones campesinas [7] .

La respuesta represiva por parte del ESMAD ha sido brutal: “Uso de armas de fuego, uso desproporcionado de armas antidisturbios contra los campesinos, incendio de una casa, destrucción de las pertenencias de los movilizados, destrucción de hamacas, destrucción e intoxicación de los víveres y de la comida preparada de los manifestantes, torturas a manifestantes y a civiles que estaban por fuera de la manifestación, destrucción de carros y motocicletas, persecución a un comunicador de Anzorc, insultos y señalamientos [8] . El Ejército, mientras tanto, ha hecho presencia con tanquetas a lo largo de las carreteras y ha colaborado con la represión. Si ha habido algo de violencia por parte de los campesinos, ha sido sólo cuando cansados de estos abusos han respondido en legítima autodefensa a los atropellos de la autoridad: “Cuando el pueblo se organiza, cuando reclama sus derechos, el gobiernos estigmatiza y trata de ponernos como lo peor... aquí no hay vandalismo, nosotros no hemos quemado casas y eso tiene que quedar muy claro; aquí está el pueblo organizado luchando por lo que por años se nos ha sido negado....se nos han incumplido muchos acuerdos , como la constitución de la Zona de Reserva Campesina, la puesta en marcha de los proyectos productivos y la sustitución progresiva de los cultivos ilícitos [9] .

La represión ya ha dejado dos campesinos muertos, una veintena de detenidos y medio centenar de heridos, muchos de ellos de gravedad; sabemos, por ejemplo, de personas que sufrieron amputaciones de manos a causa de explosivos con esquirlas que el ESMAD está utilizando contra los manifestantes, junto a otras armas potencialmente letales, como bombas aturdidoras, granadas de fragmentación y balas de goma y plomo. Uno de ellos, el campesino de Hacarí Vladimir Pérez, perdió sus dos manos y un ojo [10] . Incluso, el día 20 de Junio, se denunció el disparo de ráfagas de ametralladora por parte del ejército contra los manifestantes. Varias organizaciones y movimientos sociales se han solidarizado con esta lucha. En Cúcuta al menos 350 presos han declarado la huelga de hambre para solidarizarse de los campesinos, demostrando con esta acción solidaria, que la cárcel es una trinchera más de lucha [11] . Denuncian ellos que más de 400 campesinos de la región han sido judicializados mediante montajes como parte de la estrategia de consolidación [12] .

Ayer 20 de Junio, que se logró establecer una mesa de negociación, los delegados campesinos de ASCAMCAT la rechazaron debido a lo que consideraron el “chantaje militar”: la presencia del general de Policía Rodolfo Palomino, responsable de la represión, y el comandante Marcolino Tamayo, de la Fuerza de Tarea Conjunta Vulcano del Ejército [13] . Resulta ser una provocación que si los campesinos protestan contra los abusos de la militarización y la “consolidación militar”, se invite al estamento castrense a una reunión en la que no tienen nada que aportar.

b. Tolima 

La situación en Tolima es gravísima: desde hace unos años, que se declaró zona de consolidación militar en el sur del departamento, ha comenzado una persecución espantosa de los campesinos y su organización sindical, Astracatol, que en marzo del 2011 dio como resultado a dos de sus dirigentes asesinados, Gildardo García y Héctor Orozco. En el período entre noviembre de 2011 y marzo del 2012, los dirigentes y miembros de Astracatol de la seccional Chaparral, más específicamente de La Marina, recibieron un nuevo golpe represivo con el arresto de Edwin Lugo Caballero, Jos é Norbey Lugo Caballero, Arcesio Díaz, Aycardo Morales Guzmán, Saan Maceto Marín, Fredynel Chávez Marín, Alexander Guerrero Castañeda y Armando Montilla Rey. Existe evidencia oficial de que las acusaciones contra estos campesinos son hechas por falsos testigos y hasta existe una denuncia ante la Fiscalía General por esta grave situación que es, a todas luces, un montaje judicial de lo más burdo. En marzo el ejército acosó y retuvo ilegalmente, por 24 horas, a los dirigentes de Astracatol, Maribel Oviedo, Onán Cortez y Osiel Giraldo, en el municipio de Rovira. Mas tarde, el día 9 de mayo, se procedió a la detención masiva nuevamente de dirigentes de Astracatol, esta vez en el municipio de Dolores: Ramiro Bazurdo González, Guillermo Antonio Cano Borja, Floricel Buitrago Cangrejo, Norberto García García, Gonzalo Ernesto Pastor Mora, Constantino Mayorga García, Jos é Guillermo Pacheco Cruz y Edilberto Mayorga García [14] .

Sumemos a esto, el ambiente de amedrentamiento y persecución que se está imponiendo de la mano de los proyectos minero-extractivos en la región, principalmente, por la concesión prácticamente de todo el municipio de Cajamarca a la multinacional AngoGold Ashanti para el proyecto de oro La Colosa, el cual es insostenible de una perspectiva ambiental y social. La comunidad que se viene movilizando contra este proyecto, fundamentalmente en Anaime, ya han recibido señalamientos por parte de la empresa y de la fuerza pública. Durante el mes de abril, campesinos de Doima, en el municipio de Piedras, protestaron contra la AngoGold Ashanti y sufrieron tanto del hostigamiento de la tropa como de las agresiones del ESMAD [15] . Hasta el momento, no hemos tenido capturas masivas en estos departamentos, pero está cantado que la represión no tardará en dejarse caer mientras el pueblo y sus organizaciones no estén dispuestos a dejarse envenenar por la codicia de unos cuantos. 

c. Meta
En la zona del Alto Ariari se vienen adelantando operaciones militares de gran envergadura en la que se está sistemáticamente afectando a la población civil: retenciones ilegales, bombardeos indiscriminados y requisas de alimentos y combustibles a los campesinos. En febrero, militares de la IV división, junto con bombardear cultivos en la vereda La Esmeralda y robar comida a los campesinos, retuvieron a dos menores de edad, de 5 y 6 años, y los usaron como moneda de cambio para interrogar a su madre. El 11 de abril, paramilitares, que asisten en el marco de las operaciones contrainsurgentes al ejército, asesinaron y torturaron (cercenándole los dedos y arrancándole los ojos) al campesino Jos é Rogelio López. En mayo capturan irregularmente a Jhon Jaime Vega Cruz, miembro del sindicato campesino Sintragrim [16] .

En ese departamento también, el día 26 de mayo el ejército arrestó, en un nuevo montaje judicial, al alcalde de La Uribe Marcelino Chacón, al concejal Edwin Conde y a la secretaria de inspección de La Julia, Nohora González. Dentro de este montaje para acosar a miembros de la Marcha Patriótica y de Sintragrim, también arrestaron a Edgar Cruz, Wilson Vaca Camacho, Luis Idarraga, Narciso Hernández, Yolima Lozano, Numael Páez, Jos é Darío Leyva Gutiérrez, Andrés Galán, Fabio Lotero y Luis Fdo. Mejía [17] .

d. CaucaEste es uno de los departamentos más afectados por la ofensiva militar del ejército que ha sido cínicamente llamada “Espada de Honor”. Los hechos de violencia en contra de los campesinos, así como contra las comunidades afrocolombianas e indígenas, son innumerables, pero muchos de ellos van enmarcados en este mismo patrón que vemos a lo largo y ancho del territorio colombiano. En el norte del Cauca (Corinto, Guachené, Toribío, Caloto y Caldono), en junio del 2012, se detuvieron a 26 personas, incluyendo funcionarios públicos, por supuestos vínculos con la insurgencia: entre ellos había funcionarios públicos como Neisair Ramos Navas y Félix Manuel Banguero, y dirigentes campesinos e indígenas comoAlbeiro Secue Biscue, Francisco Pilcue Ulcue, Jhon Moreno Restrepo, Jhon Jairo Cifuentes, Fernando Israel Méndez, Edinson Pachón Ramírez, Jos é Alfredo Ocampo, Óscar Iván Gugú, Jesús Yonda Muñoz, Julio Seque, Fernando Diego Motato, Yovanny Buitrago Amariles y los hermanos Rafael y Sergio Ulcue Perdomo [18] . En Caloto, en agosto del 2012, el ejército asesinó en un operativo de los llamados “falsos positivos” al campesino Daniel Valenzuela Mosquera y luego procedió a arrestar masivamente a Gerardo Barona Avirama, James Barona Avirama, Wilson Castrillón Candela, Francia Helena Valencia, Daniel Secué, Jhon Alonso Bonilla, Martha Lucía Piyinué, Idilvio Vitonas, Guillermo Urrea, Manuel Jesús Guetía Acué y Luis Enrique Bedoya [19] .

Entre marzo y mayo se ha reprimido duramente al campesinado y las comunidades caucanas: el 11 de marzo paramilitares emite una amenaza de muerte contra una serie de dirigentes políticos y sociales caucanos, vinculados a la Marcha Patriótica, a ANZORC y a Sinpeagric; el 17 de abril, en el Guayabal, Argelia, se desplazan 295 campesinos a causa de las operaciones contrainsurgentes del ejército; entre el 22 y 24 de abril, el ESMAD llega a la vereda Calibio, Popayán, robando y atropellando a la población, deteniendo ilegalmente y torturando a pobladores, llevándose a Samir Anacona y Donasis Rendón; el 25 de marzo es asesinado Gustavo Adolfo Pizo, dirigente de Asocat, en la zona de reserva campesina de Totoró; el 30 de marzo en Caldono el ejército asesinó al indígena nasa Álvaro Chocue Ramos; a fines de abril, el ejército arrestó a 17 jóvenes en Puerto Tejada inculpándolos de auxiliadores del Frente 6 de las FARC-EP; el día 15 de mayo se produjo nuevamente un asesinato “falso positivo” en Patía, en el cual la víctima del ejército fue el campesino Leonardo Escorcia [20] 

e. Putumayo 

La Zona de Reserva Campesina de la Perla Amazónica ha sido víctima de una campaña sistemática de represión por parte de la Brigada 27. Los bombardeos constantes del ejército han terminado por desplazar a unas 50 familias entre abril y mayo. También en esas fechas, Deison Javier Rodríguez Cardozo, un dirigente campesino de la región fue detenido ilegalmente por el Ejército quienes lo reclutaron forzadamente [21] . El 24 de mayo en Puerto Leguizamo el ejército capturó a los dirigentes y miembros de la asociación campesina del Putumayo ASCAP, Wilmer Madroñero, Oswaldo Arcos, Jos é Harry Rendón y Juan Clímaco Vega, los cuales fueron finalmente liberados por el Juez de Control de Garantías de Puerto Asís debido a la ilegalidad de la captura [22] 

f. Guaviare
Similares situaciones han sido denunciadas en el Guaviare por parte de las asociaciones campesinas que denuncian que en el marco de las operaciones contrainsurgentes del Estado se les violenta y vulnera permanentemente. En este contexto es que el dirigente campesino de Asocatragua y miembro de Marcha Patriótica, Alonso Lozano, es desaparecido, siendo su cadáver sin vida descubierto varios días después [23] 

g. Reclamantes de tierras
Una situación particularmente grave la viven los reclamantes de tierras, campesinos desplazados que buscan retornar a su tierra, quienes se han visto victimizados por los llamados “ejércitos anti-restitución” que no son más que los mismos paramilitares, actuando en connivencia con las autoridades locales, los terratenientes y la fuerza pública. Este fenómeno es especialmente fuerte en la costa atlántica, pero no exclusivo de esta región [24] . Tenemos recientemente el caso del secuestro y asesinato de Heriberto Rivera Catalán a fines de mayo en los Montes de María (Bolívar) [25] . La comunidad de Las Pavas (Bolívar) también ha venido denunciando desde mayo un notorio incremento de las amenazas y hostigamientos en su contra, muchas veces de mano de miembros de la seguridad de la empresa Aportes San Isidro [26] . La comunidad de Pitalito (Cesar) también ha venido sufriendo hostigamiento y acoso por parte del ejército y de guardias privados del agroindustrial Juan Manuel Fernández de Castro, desde que retornaron a su territorio el pasado 21 de mayo [27] .

Mención aparte merecen las comunidades de Curvaradó y Jiguamiandó en el Chocó, desplazados en los ’90 por el ejército y paramilitares al servicio de bananeros, narcotraficantes, ganaderos y palmicultores, que continuamente sufren de hostigamientos y señalamientos por parte de la fuerza pública y paramilitares, llegándose al asesinato y tortura de los reclamantes Manuel y Samir Ruiz en Marzo del 2012 [28] . En Febrero, el padre Alberto Franco, de la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz, que acompaña a estas comunidades, sufrió un atentado que afortunadamente no tuvo consecuencias fatales [29] .

Tomando en cuenta el alto número de reclamantes de tierras asesinado desde que Santos anunció con bombos y platillos su política de restitución de tierras el 2010, tal parece que la única tierra que se restituirá a los campesinos es aquella con la que cubran sus fosas. 

La dinámica de la lucha de clases en el campo y la agenda de negociación
Muchos hemos visto con “moderado optimismo”, como está en boga decir, pero a la vez con escepticismo, las actuales negociaciones de paz que se están llevando entre las FARC-EP y el gobierno nacional [30] . El problema real no es la voluntad de paz de los insurgentes, los cuales no han parado de llamar a una solución negociada al conflicto desde su misma formación como grupos de autodefensas campesinas ante la violencia del Estado, y que han asumido siempre estas negociaciones con extraordinaria buena fe y persistencia ante los constantes golpes de los “enemigos agazapados de la paz”. Donde tenemos nuestras dudas es en la voluntad de paz de la oligarquía más sanguinaria del continente, que utilizó dos procesos de paz anteriores para exterminar a la oposición y aumentar su pie de fuerzas militar –en 1984 mediante el exterminio de la Unión Patriótica, en 1998 mediante la unificación nacional de los ejércitos paramilitares en las AUC y la negociación del Plan Colombia. Más aún, nuestras dudas se refieren a qué tipo de paz es la que está pensando esta oligarquía para Colombia –una paz en la que coexista la opulencia y el hambre, el latifundio y la escasez, el ejército más grande del continente y la falta absoluta de derechos [31] .

Abordar seriamente el tema de la paz requiere de tiempo y de echar mano a las causas estructurales de la violencia (que es ante todo violencia de clases). En Colombia ha habido durante más de seis décadas un enconado conflicto armado, cuyas raíces se incrustan férreamente en las luchas populares por derechos, fundamentalmente, en las luchas agrarias por el derecho a la tierra y contra el despojo secular al que han sido sometidos los campesinos y las comunidades; hablar de paz requiere afectar las fuerzas materiales detrás de esta dinámica particular de la lucha de clases colombiana. Como lo plantea el analista Alex Vernot en un artículo escrito para la revista Dinero, Santos necesita plantearse si “¿Está dispuesto a tocar los intereses de los negocios que serían afectados por el planteamiento de las Farc? Intereses económicos de las multinacionales, de los terratenientes y de los ‘ricos’, como él también los llama. Si está dispuesto a hacerlo, la paz tiene una posibilidad real; de lo contrario, no habrá paz en sus términos ni en los términos de las Farc. [32] 

El gobierno de Santos, que precisa de una paz acorde a los intereses de los grandes inversionistas extranjeras que han puesto sus ojos en las riquezas minerales y las posibilidades agroindustriales de Colombia, tiene que establecer un delicado equilibrio en el bloque en el poder, con sus generales, con sus narco-ganaderos y con las multinacionales, en este proceso de paz. Este bloque combina sectores dinámicos dentro del contexto de la globalización capitalista, con sectores de lo más regresivos y parasitarios (como los ganaderos, cuyo poder político desproporcionado es entendible solamente si se entiende la compleja maraña que articula al poder central a los poderes locales en el Estado colombiano [33] ). Combina también, en una fuerte simbiosis, a los sectores mafiosos con la economía “respetable”. La necesidad de mantener este equilibrio en el seno de la oligarquía lo pone en una situación en la cual, avanzar en la negociación (o tomar en serio sus promesas de combatir al paramilitarismo o restituir tierras a los desplazados) lo puede alienar de un sector significativo del bloque dominante; pero detenerse en la negociación, puede llevar a un escalamiento del conflicto social y armado en un escenario en el que la protesta popular ha venido en alza y la dinámica del conflicto armado muestra una notable recomposición de la capacidad militar de las FARC-EP [34] . Recordemos que no es la insurgencia la que vuelve a la mesa de negociaciones, sino que el gobierno colombiano, quienes se habían levantado unilateralmente de ella a comienzos del 2002. Independientemente de lo que afirmen ciertos sectores, la mera existencia hoy de una negociación política representa un triunfo para el movimiento popular que lo ha venido reclamando de hace décadas y una demostración del poder de la insurgencia para forzar este escenario.

Esta situación explica en gran medida la política de Santos frente al tema de la paz y el campo que el columnista Antonio Caballero describe como “esquizofrénica [35] . En realidad es una política contradictoria que refleja las contradicciones inherentes al modelo capitalista que se ha desarrollado en las últimas décadas en Colombia.

Yezid Arteta, en un interesante artículo, plantea que las reformas agrarias que exigen las FARC-EP podrían ser parte de la agenda de “cualquier partido moderno en Europa [36] . El problema es que Colombia no está en Europa. Colombia no es, ni nunca será, Suecia. Ni Porto Alegre. Ni Irlanda. Colombia es Colombia. Enfatizando el talante “reformista” de las propuestas farianas, también el comandante guerrillero Andrés París dice que ellos ya han hecho la principal concesión en la negociación que es no exigir ninguna medida revolucionaria en la mesa [37] . Desde luego que no se está pidiendo ni el socialismo ni la abolición de la propiedad privada en las negociaciones de paz; pero la definición de qué es una exigencia revolucionaria no es una definición estática sino que es necesariamente dialéctica, dependiente del contexto en el cual se hace. Reclamar educación pública en Suecia puede que sea una demanda de sentido común que puedan esgrimir hasta los elementos más conservadores de la sociedad. Sin embargo, esta misma exigencia en Colombia, en virtud de las fuerzas que deben movilizarse y de los cambios estructurales que deben efectuarse para materializarla, se convierte en una exigencia revolucionaria o con un potencial revolucionario indiscutible. Vale decir, lo “revolucionario” de una medida depende del impacto que tiene sobre el equilibrio de fuerzas en la lucha de clases en una sociedad concreta, no en el “capitalismo” en abstracto.

Medidas relativas a la cuestión agraria que parecerían de sentido común, que todos sabemos que son necesarias, enfrentan la oposición irreductible, según Antonio Caballero, de la “reacción conservadora”, hoy encarnada en el uribismo, que “no quiere que el campo deje de ser suyo y feudal”; y sólo el alzamiento en armas de la insurgencia ha logrado, por fin, hacer que estos temas relativos a la modernización del campo sean parte de la agenda política [38] . Su conclusión es inequívoca: “Sacar el campo colombiano de la época feudal sería una revolución [39] . Pero la “modernización” no es un concepto exento de polémica y controversia. Obviamente, las “modernas propuestas” de las FARC-EP, como las llama Arteta, tiene un contenido social y de clase muy diferente a las propuestas de modernización que busca Santos de la mano de multinacionales y de los agronegocios, que continúan con la secular tradición de despojo a los campesinos, como lo hemos apreciado de manera dramática en el Llano [40] .

¿Negociación de paz o estrategia integral de pacificación? 

El gobierno colombiano entiende el potencial revolucionario de las transformaciones que se pueden desencadenar a raíz de un acuerdo que altere las relaciones de clases en el campo. Atacar al latifundismo y los ganaderos no significa solamente modernizar el campo, sino comenzar el desmonte de las bases materiales y sociales que han permitido la emergencia del Estado contrainsurgente-paramilitar que por largas décadas ha adelantado el despojo contra el campesinado y la implementación del terrorismo de Estado contra el conjunto del movimiento popular. Atacar esa alianza de terratenientes y narcotraficantes que controlan el 70% de la tierra cultivable (el coeficiente Gini rural es de un inaudito 0,88 y apenas 3.639 personas controlan el 47% del territorio cultivable) [41] es atacar las bases materiales del actual régimen excluyente, violento, conservador y mafioso.

El gobierno de Santos busca modernizar, pero modernizar sin pueblo que pueda alterar el contenido neoliberal y oligárquico de su proyecto . Es por ello que el gobierno, mientras adelanta las negociaciones en La Habana, se encarga de reprimir, perseguir, encarcelar, desplazar, asesinar, bombardear y desaparecer a las fuerzas vivas que pueden hacer carne un acuerdo de modernización favorable a los intereses populares del campesinado. Al igual que los regímenes fascistas, nunca se ataca una medida legal progresista, sino que se ataca directamente al movimiento que la sustenta. Después, la más progresistas de las constituciones no vale de nada y puede ser cómodamente desnaturalizada y descartada. ¿No es esta la historia de los últimos veinte años en Colombia?

Por esto ponemos el grito de alerta en Colombia: el ataque sistemático y alevoso que estamos presenciando contra el movimiento campesino es un ataque frontal contra el proceso en La Habana. Por ello es importantísimo alzar la voz ante estos atropellos y movilizarse en los términos más enérgicos para solidarizarnos con la resistencia campesina y que el bloque dominante sepa que la violencia contra los campesinos tendrá un costo político para ellos. Hemos dicho lo importante que es rodear el proceso de paz y el 9 de abril más de un millón de personas en Bogotá demostraron el importante respaldo político que hay hacia el proceso, aunque los medios, manejados por la camarilla uribista intenten torpedearlos cotidianamente. Pero rodear el proceso de paz, en las actuales condiciones, no significa tanto agitar banderitas blancas en las fechas rituales de siempre, sino que solidarizarse con las enormes luchas que está dando el campesinado. Ahí está la lucha de los caficultores, cacaoteros y paperos. Ahí está hoy la Asociación Campesina del Catatumbo (ASCAMCAT) dando un ejemplo de lucha y organización a todo el país. Una eventual victoria de estos compañeros, significa un impulso titánico para el movimiento por las zonas de reserva campesina y por la reforma agraria a nivel nacional, así como una derrota estratégica contra los señores de la guerra y del despojo, aglutinados bajo la arcaica figura del latifundio y de la modernizante agroindustria. No es comprensible que se deje a estos compañeros pelear solos; requieren más que un respaldo moral del movimiento popular, sino que la movilización activa de éste, fundamentalmente del campesinado.

El compromiso con la solución negociada al conflicto, requiere que el pueblo no se conforme con los espacios oficiales facilitados por Naciones Unidas, sino que también negocie en las calles de Colombia, apostando por el avance de la lucha popular. Para que la “justicia social” sea el componente fundamental en la ecuación de la paz. No debe confundirse el desactivar al conflicto armado con acallar el conflicto social. Nuestra apuesta por la paz es para que al pueblo no se le meta plomo cada vez que demanda sus derechos y se moviliza activamente por ellos. Y el elemento central que aglutina a esta formación social estructuralmente violenta, es la oligarquía terrateniente. De ahí el rol central que sume la lucha campesina en la actual coyuntura.

La oligarquía no se cansa de poner sus líneas rojas lo más claras posibles. ¿Tiene el movimiento insurgente sus propias líneas rojas? ¿Tiene el movimiento popular y campesino sus propias líneas rojas? El comandante fariano Jesús Santrich ha afirmado que en Colombia hay espacio para la coexistencia de varios modelos productivos [42] . No nos cabe duda de ello, pero en toda formación social que combina diferentes modos de producción, uno de ellos es hegemónico. La cuestión de fondo entonces no puede ser confundida y es la siguiente: ¿Se tocará el latifundio? ¿Si o no?

Si no se toca en La Habana, necesariamente tendrá que tocarlo el pueblo movilizado. De lo contrario, difícilmente habrá paz, ni siquiera la paz de las inversiones multinacionales que busca el santismo. Un acuerdo de paz que no toque al latifundio será una caja de Pandora que la oligarquía bien podrá abrir, pero la cual difícilmente podrá cerrar. Y tendremos la cruel paradoja de los procesos de paz previos, donde las pretensiones de “pacificador” del oligarca de turno en el poder, solamente llevaron a nuevos y más crueles ciclos de violencia.

Catatumbo, Colombia

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Catatumbo

/por José Antonio Gutiérrez D./

La brutal respuesta que el Estado colombiano, capitaneado por Juan Manuel Santos, ha dado a la movilización legal, pacífica y constitucional de los campesinos en el Catatumbo, nos ha dejado francamente sin palabras. Desde luego que estamos familiarizados con este tipo de represión: el Estado viene desde hace seis décadas haciendo esto y cosas mucho peores en contra de las masas populares cada vez que, hastiadas de su marginalización y de los atropellos cotidianos que padecen, se alzan gritando “Basta”. Sin embargo, la persistencia de la protesta campesina que ha agrupado a alrededor de 15.000 personas, la militarización de la región, la represión feroz, han sido debidamente documentadas por un medio de comunicación popular, la Agencia Prensa Rural, que ha hecho una meticulosa y descarnada cobertura de estos eventos, que la mayoría de los medios o pasan de agache o muestran desde el ángulo de los poderosos. ¿Cómo no estremecerse al presenciar, ante las cámaras, el cobarde asesinato de un campesino que, jadeando, angustiado, gritaba que le habían dado un tiro certero al corazón, mientras se desangraba ante las cámaras? [1] Pocas imágenes en mi vida –y no he visto poco- me han arrugado el alma de esa manera.

¿Qué quieren los campesinos movilizados? La prensa oficial no explica nada. La editorial de hoy de El Espectador, por ejemplo, distorsiona lo que piden los campesinos diciendo que éstos piden que el gobierno, supuestamente, “restablezca la institucionalidad perdida” [2]. No, esto no es así. Las propuestas de los campesinos han sido emitidas en propuestas bastante claras y se han enfrentado a la oposición irreductible y soberbia del establecimiento:

1.    Piden el establecimiento de una Zona de Reserva Campesina (ZRC), figura constitucional con base en la Ley 160 de 1994. Ellos han hecho todos los trámites pertinentes y lo único que ha impedido la declaración de la ZRC en el Catatumbo, es el veto ilegal del ministro de defensa que considera a esta zona como un área estratégica para su estrategia de contrainsurgencia.  Lucho Garzón, quien preside una comisión para dialogar con los manifestantes, también ha expresado su rotunda negativa a la declaración de la ZRC, la principal demanda del campesinado [3].
2.    Piden que se pare la erradicación forzada de la coca, única fuente de subsistencia que tienen los campesinos en la zona, mientras no se les den alternativas viables.
3.    Piden que se apruebe y se financia el Proyecto de Desarrollo Sostenible desarrollado por los propios campesinos que provee, precisamente, esas alternativas.
4.    Piden fondos de emergencia para enfrentar la crisis alimentaria, porque no hay alternativas económicas y porque no se está sembrando cultivos de pan coger.
5.    Piden un freno a la Locomotora Minera, que amenaza la existencia misma del campesinado en la región.
6.    Piden que se termine la militarización de la región, que ha conllevado, como en todas las zonas de consolidación militar, toda clase de abusos y atropellos contra la población [4].

Las medidas que piden los campesinos son claras, ¿por qué entonces la citada editorial de El Espectador insiste que lo que urge es “presencia estatal”? No es sólo El Espectador. Casi todos los medios de prensa, repiten hasta el cansancio esa formulita trillada, que supuestamente lo explicaría todo, pero que no explica nada en realidad: el Catatumbo sufre de “ausencia de Estado”. Sólo Tatiana Acevedo, en una de las columnas más certeras que he leído en El Espectador, va a contravía de estas verdades incuestionables, al afirmar lo obvio:

el Catatumbo está hoy pleno de Estado. En Ocaña hay notarios. En Tibú, también. Y hay fiscales, cárceles, decenas de exagentes del DAS, oficinas, papelería membretada, sellos, huelleros, filas para asistencia social. Hay utensilios para la fumigación con glifosato, ICBF, helicópteros, consultores con contrato de prestación de servicios, caballería mecanizada, fuerza de élite ‘Vulcano’, ‘blanco legítimo’. Batallones de infantería, de artillería, de ingenieros, de servicios para el combate, de plan energético y de contraguerrillas (…) Hubo rehabilitación, Plan Colombia y (ahora) Consolidación (…) Miles de funcionarios públicos ejecutan billones para borrar hectáreas y flexibilizan normas, para promover actividades mineras o agroindustriales. Tras décadas de guerra, no es que el Estado no haga presencia, como reza el lugar común de toda noticia sobre el Catatumbo. Por el contrario, se fortalece un Estado colombiano (…) Quizá en vez de un sentimiento de abandono, hay uno de hastío y rabia por la forma en la que el Estado lo tomó.” [5]

Una de las peores groserías en este sentido, la enuncia El Espectador en su editorial cuando dice incluso que el paramilitarismo que azotó a la zona dejando más de 10.000 muertos, fue consecuencia de esa mítica “ausencia del Estado”. Está probado, hasta la saciedad, por investigadores serios como el padre Javier Giraldo que el paramilitarismo ha sido una estrategia de Estado, oficial, desde la década de los ’60 [6]. Como decía yo mismo en un artículo previo: “Donde ciertos observadores han equiparado de manera simplista el control paramilitar con la “ausencia del Estado”, es necesario aclarar que el paramilitarismo ha sido la expresión más extendida así como perversa del Estado, con poderes plenipotenciarios y dictatoriales.” [7]

Lo que se necesita no es más Estado, sino más derechos, más comunidad, más tejido social, más vida, menos represión. Pero al confundir los términos, los medios, a la vez que juegan al policía bueno, distraen la mirada de la opinión pública de lo que realmente está en juego en el Catatumbo.

En primer lugar, está en juego el pulso entre el modelo económico impulsado desde el Estado, que privilegia a los agro negocios y las inversiones minero-extractivas, y las necesidades de las propias comunidades que buscan un modelo de desarrollo sostenible para la región, y que, en ausencia de alternativas, buscan al menos ser capaces de sostenerse mediante el cultivo de coca, que es lo que tienen de momento.

En segundo término, está en juego la voluntad de paz real del gobierno, que va de la mano de la solución de los problemas estructurales que enfrenta sobretodo el campesinado, que constituye la base social de apoyo principal de la insurgencia. La paradójica situación de negociar en medio del conflicto, es muy cómoda para el gobierno de Santos, que puede tener en una mano la rama de oliva y en la otra el garrote. Como explicaba en un artículo reciente:

El gobierno de Santos busca modernizar, pero modernizar sin pueblo que pueda alterar el contenido neoliberal y oligárquico de su proyecto. Es por ello que el gobierno, mientras adelanta las negociaciones en La Habana, se encarga de reprimir, perseguir, encarcelar, desplazar, asesinar, bombardear y desaparecer a las fuerzas vivas que pueden hacer carne un acuerdo de modernización favorable a los intereses populares del campesinado. Al igual que los regímenes fascistas, nunca se ataca una medida legal progresista, sino que se ataca directamente al movimiento que la sustenta (…) El ataque sistemático y alevoso que estamos presenciando contra el movimiento campesino es un ataque frontal contra el proceso en La Habana” [8]. 

Para justificar esta represión, esta persecución y estos cobardes ataques, personeros de gobiernos, de las fuerzas represivas y el propio presidente, señalan a las manifestaciones de estar “infiltradas” por la guerrilla… ¡Cómo si a los campesinos no les sobraran razones para manifestarse! El tema en realidad es otro: es el trato militar, fundamentalmente represivo, que tradicionalmente da el Estado a la protesta social. La misma editorial de El Espectador reconoce que “Sin duda se trata de una zona de influencia guerrillera, pero también se trata de una región donde los campesinos piden soluciones que no son descabelladas”. A propuestas para nada descabelladas, el gobierno responde hiriendo a decenas de campesinos, algunos de ellos con amputaciones, asesinando a cuatro campesinos a bala, arrojando granadas de fragmentación, destruyendo las posesiones de los campesinos, incendiando ranchos, saqueando el comercio local.

Precisamente, con el fin de garantizar los mecanismos legales que faciliten la destrucción del movimiento campesino, que es, en última instancia, el único que puede hacer realidad los acuerdos que salgan de la mesa de negociaciones, es que se ha aprobado el fuero militar en el parlamento. De alguna manera, podríamos decir que la represión en el Catatumbo es el bautizo de esta nueva medida según la cual la población civil se convierte en un blanco legítimo del Ejército. Gustavo Gallón, en un agudo análisis de los alcances del fuero militar, plantea que:

si el soldado en armas mata a un civil, el proyecto de ley estatutaria señala que debe presumirse que lo hizo de buena fe, y la licitud o no de dicha muerte deberá valorarse (…) no según las normas de derechos humanos que prohíben matar civiles. El principio de proporcionalidad, como está definido en la ley, autoriza ‘causar daños a personas y bienes civiles’ siempre que no sean ‘manifiestamente excesivos frente a la ventaja militar concreta y directa prevista’. ¿La jurisdicción militar considerará excesivas las muertes de los dos manifestantes de Ocaña el pasado fin de semana?” [9]

La sangre no se lava. Es indeleble. Señor Santos: tiene usted sus manos untadas con la sangre de cuatro campesinos que reclamaban sus derechos más esenciales. Sus nombres son Dionel Jácome Ortiz, Edwin Franco Jaimes, Diomar Angarita y Hermidez Palacio. Para usted quizás sean meras estadísticas de un conflicto que todavía cree que podrá manejar como una partida de póker. Para nosotros no: ellos no son números, sino compañeros, hermanos, vecinos, padres, amigos, hijos, esposos y amantes, compadres, seres humanos a los que la brutalidad del Estado les arrebató la vida, poco después de que usted lanzara esos señalamientos como una auténtica pena de muerte sobre ellos y sobre todos sus compañeros. Nosotros no los olvidaremos. A esta altura, ya no es suficiente con la mesa de interlocución para solucionar algo que debió haberse solucionado hace años. Esta vez también tocará exigir justicia. Porque la vida de los campesinos no es moneda de cambio por reformas. Porque no estamos dispuestos a aceptar a un solo muerto más por la represión contra quienes piden lo justo. Porque la vida de los campesinos también vale. Porque el terrorismo de Estado ya no puede seguir en la impunidad, es por ello que exigiremos justicia contra los que dispararon y contra los que dieron la orden. A nivel regional, departamental y nacional. Caiga quien caiga.

José Antonio Gutiérrez D.
27 de Junio, 2013

[4] Las razones y las propuestas de los campesinos agrupados en la Asociación Campesina del Catatumbo (ASCAMCAT), filial de FENSUAGRO, ha sido recogida en los siguientes documentos http://prensarural.org/spip/spip.php?article11149 y http://prensarural.org/spip/spip.php?article11099

VIDEO: Francotiradores del Ejército colombiano disparan y asesinan campesinos en Catatumbo, tomado en flagrancia

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Un campesino con el pie destrozado.

VIDEO: Francotiradores del Ejército colombiano disparan y asesinan campesinos en Catatumbo, tomado en flagrancia por Telesur

por ANNCOL

  • Responsabilizan al Gobierno por masacre de campesinos en el norte colombiano
  • Una delegación de las Naciones Unidas viaja a Catatumbo junto con otros organismos internacionales para investigar los hechos.

2013-06-26 / 
Los 16 000 campesinos concentrados en varios puntos en la región de Catatumbo ahora reciben también balas “vivas” del Ejército. Son francotiradores apostados en posiciones de la montaña, documentados por el equipo de Telesur. Ya son cuatro campesinos asesinados.

La presidenta de la Asociación de Campesinos del Catatumbo, Gilma Tellez, afirmó en una entrevista esta mañana en Telesur, que los agricultores se sienten indignados por el fallecimiento de sus compañeros producto de la represión policial durante las protestas que llevan a cabo por el estado de abandono de la localidad y para exigir atención del Estado.

En un videoreportaje hecho por Miltón Henao y su camarógrafo, éste último logró ubicar el grupo de francotiradores del Ejército Nacional que desde las montañas disparaban, asesinando dos campesinos e hiriendo 30 más ayer martes.

Confirman las denuncias hechas por los mismos campesinos que ya llevan 17 días resistiendo el Terrorismo de Estado como se expresa la guerra desatada contra el campesinado en la región de Catatumbo donde crece la cantidad de campesinos cada día.

No es casual la represión del Estado colombiano. El ex jefe paramilitar (AUC) Salvatore Mancuso tenia la tarea de matar y matar, y así liquidar físicamente toda la resistencia popular y civil en esta región donde el jefe paramilitar llegó a final de la década de los 90. ¿Al servicio de quién era esa matanza que cobró la vida de más de 12.000 campesinos e indígenas de la población civil?

El mismo Mancuso confirmó que fue por cuenta del Estado. Centenares de los asesinados fueron llevados a hornos crematorios, al modelo nazi, para ahí ser cremados y así borrar de toda evidencia y prueba técnica sobre ese genocidio al servicio de un Estado que Juan Manuel Santos representa. Éste voltea la torta y acusa a los campesinos por ser guerrilleros. Pero sin duda, muchos campesinos, que ahora en carne y hueso sienten las balas tocando carne viva ingresarán a las filas insurgentes de las FARC y ELN que tiene sí, tiene presencia en la región.

ANNCOL reproduce los excelentes videos de la REALIDAD de Catatumbo que es negada y hasta escondida por los medios oficialistas colombianos, que solo reportan que los campesinos andan encapuchados, conscientes que los agentes del Ejército Nacional lo estan filmando para posteriormente asesinarlos cuando se da el momento.

Videos:

1) Videoreportaje de Milton Henao&Camarógrafo que comenta sobre los francotiradores del Ejército Nacional que disparan contra los campesinos, hiriendo y asesinando.

2) Cuatro campesinos muertos y decenas de heridos en Colombia:

3) Entrevista a Gilda Tellez, presidenta de la Asociación de Campesinos del Catatumbo,
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Agencia de Noticias Nueva Colombia, ANNCOL

Web: www.anncol.euRedacción: editar@anncol.eu,
YouTube: http://www.youtube.com/user/anncol4?feature=mhee
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