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Lo que faltaba: macartismo indigenista [Colombia]

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La dirigencia CRIC ONIC y la oligarquía colombiana

- por José Antonio Gutiérrez D.-

Hay líneas que no deberían cruzarse ni diez centímetros. La Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca (ACIN) y el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), acaban de cruzar una de ellas diez kilómetros.

Una cosa es que personeros de gobierno, generales y ganaderos señalen a organizaciones populares de ser "áulicos de la guerrilla”. Otra cosa muy diferente es que lo hagan dos organizaciones que vienen del mundo popular, que han participado de diversos espacios de convergencia política de diversos sectores sociales, que participan de plataformas político-sociales más amplias, que han recibido la solidaridad de todo el campo popular en sus movilizaciones del pasado. Resulta que, cuando creíamos haberlo visto todo, ahora tenemos lo que hacía falta: que la ACIN y el CRIC, de la mano de la ONIC (Organización Nacional de Indígenas de Colombia) se sumen desvergonzadamente a la campaña de señalamiento contra las zonas de reserva campesina y de otras expresiones organizativas indígenas y agrarias.


Lo que faltaba: macartismo indigenista


Las organizaciones populares, los grupos armados, son nuestros hermanos, y hombro a hombro combatiremos con ellos para vencer a nuestros enemigos (…) ¡Vivan las luchas indígenas y las luchas de todo el pueblo colombiano!
(Manifiesto de Santander de Quilichao, Comando Quintín Lame, 1984)
Hay líneas que no deberían cruzarse ni diez centímetros. La Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca (ACIN) y el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), acaban de cruzar una de ellas diez kilómetros. Una cosa es que personeros de gobierno, generales y ganaderos señalen a organizaciones populares de ser áulicos de la “guerrilla”. Otra cosa muy diferente es que lo hagan dos organizaciones que vienen del mundo popular, que han participado de diversos espacios de convergencia política de diversos sectores sociales, que participan de plataformas político-sociales más amplias, que han recibido la solidaridad de todo el campo popular en sus movilizaciones del pasado. Resulta que, cuando creíamos haberlo visto todo, ahora tenemos lo que hacía falta: que la ACIN y el CRIC, de la mano de la ONIC (Organización Nacional de Indígenas de Colombia) se sumen desvergonzadamente a la campaña de señalamiento contra las zonas de reserva campesina y de otras expresiones organizativas indígenas y agrarias.

Señalamientos

Cuando la ACIN o el CRIC han sido señalados de “fachada de la guerrilla” en el pasado (por ejemplo durante la Minga del 2008 o la expulsión de las tropas del Cerro Berlín el 2012), todo el movimiento popular se ha solidarizado con ellos; sus caciques se han rasgado sus vestidos denunciando esta satanización del gobierno, porque entienden lo delicado de estas acusaciones. Pero ahora estas mismas organizaciones creen perfectamente natural el estigmatizar y señalar a organizaciones que osan discrepar con sus caciques de la misma manera en que ellas han sido denunciadas en el pasado. 

Un comunicado del ACIN, fechado 29 de Abril, condena a los “ideólogos de las FARC” por supuestamente auspiciar “al interior de las comunidades, grupos organizados denominados AVELINOS, RESERVAS CAMPESINAS, entre otros. Los cuales tiene (sic) como único fin el dominio territorial, ideológico, político y hegemónico para obstruir el desarrollo de nuestras organizaciones propias. Otra de las estrategias de estas organizaciones PARA GUERRILLERAS ha sido la económica, aprovechándose de la necesidad de las comunidades y comprando conciencia a los comuneros, ofreciendo préstamos e impulsando proyectos productivos que buscan romper la estructura de los cabidos indígenas” [1]. Todo un retorno al pensamiento maniqueo que divide a los indios en buenos y malos (obedientes vs. guerrilleros), enmarcado en la ideología contrainsurgente de “quitar el agua al pez” cueste lo que cueste.

Hasta el lenguaje que han utilizado es vergonzosamente semejante al que utilizan los uribistas. El 2007, Uribe vociferaba que “cada vez que las guerrillas y sus áulicos sienten que se les puede derrotar, el recurso al cual apelan es la denuncia de violación de derechos  humanos". Hoy en día, en el marco del “juicio” indígena a seis comuneros por su supuesta pertenencia a las FARC-EP, Alcibiades Escué, dirigente del CRIC que el 2004 estuviera detenido por el presunto desvío de fondos del sistema de salud indígena para financiar al paramilitarismo, en términos no muy diferentes a los de Uribe, ataca a una organización defensora de derechos humanos: "el juicio que hoy se va a dar es para castigar comuneros (…) pero no demoran en sacar un comunicado diciendo que el cabildo viola los derechos humanos (...) y hasta esta ONG defensora de Derechos Humanos Francisco Isaías Cifuentes, diciendo eso es violación de derechos humanos y del derecho internacional humanitario".

Esto no es nuevo. El año pasado, en medio del conflicto por el desalojo del Cerro Berlín en el Cauca y de múltiples tensiones entre campesinos, indígenas y afros, apareció un artículo llamado “El Cauca y el resarcimiento de la memoria” firmado por Efraín Jaramillo, un antropólogo que afirma haber sido asesor del CRIC. En ese artículo, junto a una serie de imprecisiones, acusaciones temerarias y ataques gratuitos a sectores del movimiento popular, acusa a organizaciones como el “Movimiento Sin Tierra Nietos de Quintín Lame” y la “Asociación Indígena Avelino Ul” de ser fachadas del movimiento guerrillero. Las acusaciones infundadas e imprecisiones de ese artículo ya han sido refutadas en otra ocasión y no me detendré en ellas [2]. Contribuyendo con este ambiente de desconfianza y criminalización de la protesta popular, Feliciano Valencia, líder del CRIC afirmó, en una entrevista con Semana, que la pelea con los campesinos era por el control de la economía del narcotráfico (sic) y que los “indios” habían decidido “tomar cartas en el asunto” [3].

Persecución

Y en verdad que han tomado “cartas en el asunto”. En un frenesí macartista, el CRIC y el ACIN han movilizado a sus guardias indígenas para adelantar una verdadera ofensiva contrainsurgente, delatando a muchachos que tienen simpatías reales o imaginarias con la insurgencia y hostigando a los campamentos guerrilleros. Dicho sea de paso, la ONIC, en boca de Luis Evelis Andrade condenó que las guardias indígenas “tomaran cartas en el asunto” contra la presencia militar en los territorios, llamando a sanciones contra ellos [4] y el propio Feliciano Valencia, en la citada entrevista, reconoce como un “error” sacar a los soldados del Cerro Berlín, más no así enfrentarse a la guerrilla. ¿Es exagerado, entonces, afirmar, como la hace un comunicado de las FARC-EP, que el movimiento indígena se ha plegado al Estado y sus organismos de seguridad, así como de constituir una eficaz avanzada contrainsurgente? [5]

Al parecer, la retórica oposición a todos los “violentos”, se traduce sencillamente en oposición activa a la insurgencia, oposición que encaja firmemente en el modelo de cooperación cívico-militar del actual gobierno. No en vano, León Valencia recomendaba al gobierno de Santos, después del incidente del Cerro Berlín, utilizar al movimiento indígena articulado alrededor del ACIN y del CRIC precisamente como una avanzada contrainsurgente. Decía en su columna en Semana, que Santos tiene en estas organizaciones “a la mano un auténtico movimiento pacifista con el cual puede pactar unas reglas de juego para contener a las fuerzas irregulares sin dañar para nada el orden constitucional y la soberanía nacional” [6]. Al parecer, el gobierno escuchó sus consejos y el movimiento indigenista siguió obedientemente esa línea de conducta.

El incidente que ha desatado esta serie de recriminaciones epistolares entre las dirigencias indigenistas y organizaciones campesinas e indígenas, así como con la insurgencia fariana, fue la captura y “juzgamiento” de seis presuntos milicianos por parte de la guardia indígena el día 29 de Abril. Evento ampliamente publicitado por toda la prensa del régimen, el cual fue aplaudido entusiastamente por la comandancia de la III División del Ejército. El juicio en cuestión estuvo lleno de irregularidades, incluyendo que no hubo garantías para la debida defensa, que se limitó el uso de la palabra a los acusados, que la asamblea fue manipulada y no se permitió el ingreso de la comunidad local de Toribío, siendo llenado el salón con unas 800 personas traídas de 19 cabildos y que la parte acusadora jamás dio pruebas contra los acusados. Esta parodia de justicia, terminó su “linchamiento” seudo-jurídico con la entrega de dos de los acusados al Estado para encerrarlos en una de las cárceles del INPEC. Así de “autónoma” opera esta “justicia”. Las penas impartidas a estos dos desafortunados fueron de 40 años, pena que no está pre-establecida, habiendo sido sacada de debajo de la manga por un dirigente del CRIC quien consultó a los que gritaban más fuerte en la primera fila si querían 10, 20, 30 ó 40 años para los acusados, tal cual Pilatos consultaba a la turba si querían que se crucificara a Jesucristo o a Barrabás [7]. Lo mismo podrían haber sido víctimas de flagelos medievales que nada tienen que ver con los “usos y costumbres” indígenas sino más bien con tradiciones coloniales, tales como el uso del cepo, el látigo, privación de agua o enterrar a los condenados hasta el cuello. Estas “bellezas” se disfrazan como justicia indígena: no sabemos por qué deberíamos aceptar que derechos humanos básicos como el derecho a la debida defensa o la protección de la tortura se suspendan entrando apenas a una comunidad indígena.

Contención

Más allá del debate en torno a los usos y costumbres así como las credenciales democráticas de las propias autoridades indígenas, este juicio fue revelador de un grave problema: como sectores del movimiento popular son cooptados por el Estado para la lucha contrainsurgente y para la contención de la rebeldía popular. Esto se viene haciendo desde la época de los “limpios”, los guerrilleros liberales convertidos en feroces anti-comunistas después de ser “pacificados” por Rojas Pinilla en 1953. A veces, los sectores de punta de la contrainsurgencia son sectores que alguna vez fueron guerrilleros o revolucionarios y que tras pactar con el Estado, se vuelven “más papistas que el Papa” como se dice en criollo, pues tienen su prestigio político y sus privilegios hipotecados en el mantenimiento del status quo. Si no, mírese algunos de los asesores que tuvo Álvaro Uribe y que hoy tiene Juan Manuel Santos. Aunque ni el CRIC ni el ACIN puedan todavía ser comparados con un Carlos Franco ni con un Obdulio Gaviria, el lenguaje que utilizan se asemeja cada día más al de ellos, como ya hemos señalado, salvo por salpicar sus comunicados con algo de fraseología progresista.

El ejercicio de la “autonomía” tan cacareado por los movimientos indigenistas es, en el mejor de los casos, relativo. Mientras se muestra impotente ante el Estado, es inflexible con sectores de la resistencia popular (tanto de la resistencia sin armas como de la armada) que muestran diferencias con las autoridades y métodos del CRIC o de la ACIN. Hasta colaboran abiertamente con el Estado (INPEC, Ejército) cuando se trata de contener a estos sectores y se dejan instrumentalizar plenamente por los planes contrainsurgentes del establecimiento, lo que les vale el reconocimiento de los medios, de los mandos militares y políticos. Es más, podemos decir que, en última instancia, el ejercicio de esta autonomía está garantizado por un Estado corrupto, mafioso y paramilitarizado. Lo que revela una patología más profunda que afecta a parte de la izquierda colombiana desde el “contrato social” firmado en 1991 a través de la nueva Constitución –importantes sectores del movimiento popular, por lo menos a nivel de dirigencias, fueron cooptados dentro del sistema y hoy tienen un interés objetivo en su mantención. Quienes más vehemente atacan hoy a los sectores sociales en resistencia y a la insurgencia son, a veces, quienes desde la izquierda “progresista” se creen guardianes del sacrosanto estado de derecho. El movimiento indigenista, desde que el “Movimiento Armado Quintín Lame” depusiera las armas a cambio de la institucionalización de ciertos beneficios en el marco de la nueva Constitución, cada día se enrumba en este camino de manera más decidida.

En el marco de esa institucionalización, los caciques indígenas hablan con el Estado de “autoridad a autoridad”, en una situación de ficticia equivalencia y lisonjas mutuas, que crea una distancia entre esa dirigencia privilegiada (que puede pensar hasta en candidatearse a la presidencia de esta república decadente) y las bases de las comunidades, las cuales frecuentemente les resienten y a las que utilizan como grupo de presión cuando toca re-negociar los términos del “contrato” de 1991. Así es que hemos visto situaciones como el ritual indígena de inauguración de Santos en la Sierra Nevada, el Congreso Embera en el cual la dirigencia de la ONIC aplaudió frenéticamente a Santos mientras éste llamaba a una “minga por la prosperidad democrática” [8] y ahora la denuncia y entrega de supuestos insurgentes.
La cooptación del movimiento indigenista va de la mano de esta institucionalización a través de una ficticia “autonomía” así como de la oenegización del movimiento indigenista, del influjo de capitales de la cooperación internacional, los cuales (sobre todo en los casos de la cooperación europea y de USAID, que financian al movimiento indigenista -CRIC, ACIN, ONIC) tienen condicionantes políticos. Uno de esos condicionantes es el asumir una posición activamente contrainsurgente mediante discursos falaces como la “neutralidad” y la “simetría” en la condena a todos los “violentos” por igual –obviando que “todos” no son iguales, ni en su origen, ni en sus fines, ni en sus métodos. Esa simetría falaz, por la misma dinámica del poder, termina siempre criticando y cuestionando a los “actores” subalternos más que al mismo Estado, al cual finalmente se le termina aceptando como garante del sacrosanto estado de derecho [9]. En esa inercia de complacer a la “cooperación internacional” (la cual está dominada por gobiernos que comparten intereses estratégicos y objetivos con el Estado colombiano y que promueven esa agenda común mediante sus programas de financiación) hemos visto al movimiento indígena oenegizado terminar acusando a la insurgencia de “crímenes de lesa humanidad” y de un delirante “plan de exterminio” de los pueblos indígenas. Toda esta estridencia se da cuando, curiosamente, el propio Fiscal Montealegre ha dicho que no hay sentencias por crímenes de lesa humanidad contra los dirigentes guerrilleros, ante lo cual los uribistas más recalcitrantes han redoblado la estridencia de sus denuncias. ¿Cuáles son los elementos para culpar a la insurgencia de un plan de exterminio? La existencia de un conflicto social y armado que tiene repercusiones en el seno de las comunidades indígenas como de todas las comunidades rurales en Colombia –conflicto que no inició la insurgencia y conflicto en el cual muchos indígenas toman parte activa. Bien decía el abatido comandante de las FARC-EP, Carlos Patiño “Caliche”, en una entrevista con Hollman Morris el 2005, que eso de la neutralidad de las autoridades indígenas era ignorar la realidad del país –ahora vemos que tras esa supuesta “neutralidad” hay una toma de partido consciente.

Que haya muchachos que opten por entrar a la insurgencia porque buscan liderazgos alternativos en su rebeldía contra el sistema, sobre todo las muchachas, cansadas muchas veces de prácticas patriarcales, clientelistas y burocráticas, no constituye un plan por destruir a los pueblos indígenas. Estas simpatías que despierta la insurgencia entre los indígenas de a pie, como lo describe el comandante de las FARC-EP Timoleón Jiménez, “por alguna razón que podríamos definir y aclarar, parece producir algún grado de irritación en cierto sector de sus autoridades” [10]. Que haya críticas a las dirigencias del CRIC y del ACIN, organizaciones con apenas unas cuantas décadas de existencia, no significa cuestionar el valor de las culturas milenarias de nuestra tierra. Que en ocasiones se den golpes aislados a personas acusadas de colaborar con el ejército o el paramilitarismo, en el marco de este conflicto (golpes que uno puede no compartir y que los movimientos sociales no comparten, pero que hay que demostrar con evidencia y no con señalamientos temerarios), no es lo mismo que un “etnocidio”. Decir que la orden de las FARC-EP de que sus efectivos no se dejen capturar por las guardias indígenas está muy lejos de la acusación delirante de que se ha convertido al movimiento indígena en “objetivo militar” [11]. De la misma manera, que haya indígenas que muchas veces decidan estrechar sus manos con afros y con campesinos en otras organizaciones, hastiados de sus organizaciones tradicionales o de visiones etnocéntricas estrechas (muchas veces azuzadas desde la academia), o que decidan formar organizaciones indígenas diferentes al CRIC y al ACIN porque no ven en ellas instrumentos efectivos de lucha, no las convierten en “organizaciones para-guerrilleras”. Tampoco eso las convierte en enemigos de las comunidades indígenas, comunidades que existen desde mucho antes que el CRIC, el ACIN o la ONIC. Sin embargo, según denuncia la Coordinadora de Asociaciones Indígenas del Cauca (CAIC), muchos de sus miembros y dirigentes han sido calumniados y amenazados por estas dirigencias [12], hecho que no dudo dado el grueso calibre de los señalamientos que hemos escuchados estas semanas.

Los dirigentes indigenistas oenegizados terminan, como lo denuncia un comunicado de las organizaciones campesinas del Cauca, representando al Estado ante las comunidades, afirmación compartida por muchos comuneros de a pie [13]. Son los guardianes de la comunidad ante el establecimiento, hecho que es exacerbado en el actual régimen autoritario y contrainsurgente. Decía Gramsci, al analizar el fascismo italiano, que en él se buscaba forzar a que todas las organizaciones de la “sociedad civil” cumplieran roles de policía política:

“[Debe entenderse a] la policía en sentido amplio, es decir, no simplemente la del servicio del Estado destinada a la represión de la delincuencia, sino el conjunto de las fuerzas organizadas por el Estado y los particulares (…) para proteger la dominación política y económica de las clases dirigentes. En este sentido es en el que lo mismo algunos partidos políticos que algunas organizaciones económicas o de otro género deben ser por entero consideradas como organizaciones de policía política, por tener un carácter de investigación y de prevención.” [14] 
Esto es exactamente lo que vemos que está ocurriendo en el Cauca. En este marco, lo que nos preocupa, es que hasta donde sabemos existe temor de que las guardias indígenas puedan movilizarse nuevamente para atacar a sectores de izquierda en las comunidades, particularmente a sectores vinculados a la CAIC, a iniciativas como las zonas de reserva campesina, a la Red de Derechos Humanos Francisco Isaías Cifuentes y a la Marcha Patriótica. Esperamos que estos temores no se materialicen en nuevas agresiones, señalamientos y entregas, pero estamos atentos.

Unidad

Siempre hemos planteado la importancia de la unidad para el avance del movimiento popular. Tenemos un enemigo formidable, que pese a ser una minoría ínfima de la sociedad, está bien organizado y detenta el monopolio del poder económico y político. Los sectores populares, pese a ser la mayoría, están divididos, enfrentados a veces entre sí por  conflictos secundarios, desorganizados y bajo el influjo de la ideología de los grupos dominantes. Sin embargo, asistimos a un momento en que la conciencia, la organización y las luchas populares avanzan en Colombia. La unidad es una tarea política que está a la orden del día, y si bien la izquierda colombiana así como muchos movimientos populares continúan en una dinámica antropófaga y sectaria, se han dado pasos importantes como la Ruta Social Común por la Paz, Comosocol y las plataformas político-sociales como el Congreso de los Pueblos, Marcha Patriótica y Comosoc, entre otras. Sin embargo, estas iniciativas hacia la unidad, pese a que buscan renovar los métodos de la política, terminan muchas veces reproduciendo los mismos vicios de los partidos tradicionales. Sigue siendo un error el que muchas de estas iniciativas, a pesar de las intenciones y los esfuerzos de muchos militantes de base, se siguen concibiendo desde una perspectiva superestructural. La pauta de muchas de estas valiosas iniciativas sigue siendo la unidad desde arriba hacia abajo, donde a veces se reparten los cargos y las pre-candidaturas antes de que se solidifiquen las bases de los movimientos.

Se necesita repensar la política y repensar la unidad como horizonte para el movimiento popular. Muchas veces hemos callado las críticas a las dirigencias en aras de la unidad. Así se terminó aceptando como un mal menor la corrupción de la alcaldía de Samuel Moreno en Bogotá, por ejemplo. Así también hemos callado las críticas al movimiento indigenista en aras de esa misma unidad, solamente para terminar recibiendo señalamientos y malos tratos. En ambos casos, el resultado de este silencio ha sido desastroso. Sabemos que la unidad de las resistencias de los afros, de los campesinos y de los indígenas es hoy una cuestión de primordial importancia en el Cauca. Mi pregunta es si acaso esta unidad deba seguirse pensando en función de las autoridades tradicionales que denuncian, persiguen, señalan y amenazan a otras expresiones del movimiento popular que les disputen su hegemonía.

Con el argumento de la unidad no se puede dar cabida a prácticas perniciosas que dañan los objetivos de las luchas populares a mediano y largo plazo. La amplitud de un movimiento puede incluir a una amplia gama de opiniones políticas, pero no puede incluir ni la traición, ni la corrupción, ni el clientelismo. No se puede tampoco caer en equívocas alianzas con quienes tienen un pie en el movimiento popular y otro firmemente clavado en las instituciones putrefactas, con quienes dicen hablar desde el pueblo pero cuya agenda política está comprometida con intereses ajenos y muchas veces no especificados. No puede haber unidad con quienes hablan en código progresista pero tienen intereses objetivos en mantener el status quo: la unidad que concebimos es para que la marea humana de los de abajo, de los desposeídos, de los marginados, de los explotados, de los discriminados arrase con las estructuras económicas, políticas y sociales que les oprimen, para que haya una transformación radical del presente de miseria, caiga quien caiga, aunque ni siquiera la sacrosanta constitución del ’91 quede en pie si hace falta.

Tampoco podemos creer que la unidad sea un tinto que se tomen las dirigencias para decidir a espaldas de sus bases. La unidad, ante todo, debe ser realizada desde abajo y en la lucha, desde las resistencias de las mismas comunidades de a pie. La unidad es un deber con esas bases indígenas abandonadas a su propia suerte; unidad que será necesariamente de todas las sangres y culturas, en el marco del mutuo respeto y entendimiento, sin hegemonías ni posiciones autoritarias. Ejemplo de esta unidad lo han dado las mesas interculturales para solucionar problemas de territorio, como ha ocurrido recientemente en Itaibe, municipio de Paez, Cauca –referente de cómo los afros, indígenas y campesinos mestizos pueden dialogar con argumentos y no con garrotes, como tristemente ha ocurrido en el pasado, confrontaciones que claramente son funcionales a los que mantienen su poder gracias a la división del campo popular [15]. Es por ello, que elevamos una acalorada protesta ante el macartismo de sectores supuestamente populares, que mella a las mismas comunidades que estas organizaciones dicen defender, que siembra desconfianza y desunión en el movimiento popular, que exacerba tensiones étnicas (política que siempre han buscado los colonialistas para dividir y reinar), que va a contravía de los esfuerzos del actual momento de conformar un bloque popular que pueda disputar un proyecto alternativo para la sociedad colombiana, a riesgo de ser arrollados por las locomotoras santistas.

José Antonio Gutiérrez D.
24 de Mayo, 2013


[1] http://www.nasaacin.org/index.php/informativo-nasaacin/...rc356
[2] http://www.anarkismo.net/article/23667
[3] http://www.semana.com/nacion/articulo/la-pelea-fondo-na...521-3
[4] http://www.elespectador.com/noticias/politica/articulo-...-ffmm
[5] http://www.tercerainformacion.es/spip.php?article51724
[6] http://www.semana.com/opinion/articulo/el-desafio-indig...595-3
[7] Un relato sobre este juicio hecho en base a grabaciones y testimonios fue hecho por la Red de Derechos Humanos “Francisco Isaías Cifuentes” http://reddhfic.org/index.php?option=com_content&view=a...d=229
[8] http://wsp.presidencia.gov.co/Prensa/2010/Octubre/Pagin....aspx
[9] Estas teorías de la simetría y la neutralidad han sido suficientemente cuestionadas por las obras del padre Javier Giraldo (ver Guerra o Democracia, por ejemplo), así como por el Proyecto Colombia Nunca Más (ver sobre todo el Capítulo V del Tomo I). El efecto perverso  de esta supuesta simetría y cómo termina necesariamente siendo un instrumento contrainsurgente, se desprende de una carta enviada recientemente por la ONIC y el CRIC al gobierno y a las FARC-EP en el marco de las negociaciones de paz. Mientras al gobierno piden apenas respetar el DIH, con la insurgencia no se limitan a ello, sino que detallan una larga lista de prácticas que supuestamente realizarían (lo que es cuestionable en muchos casos). Sin especificar, claro, que el Estado hace lo mismo y diez veces peor. http://www.cric-colombia.org/portal/carta-al-gobierno-n...cuba/
[10] http://www.rebelion.org/noticia.php?id=168224&titular=n...auca-
[11] http://www.kaosenlared.net/america-latina/item/57611-ca....html
[12] http://reddhfic.org/index.php?option=com_content&view=a...d=227
[13] http://www.cric-colombia.org/portal/carta-al-gobierno-n...cuba/
[14] Poulantzas, Nicos “Fascismo y Dictadura”, Ed. Siglo XXI, 2005, p.393
[15] http://prensarural.org/spip/spip.php?article10916

Rechazo a los graves señalamientos proferidos por CRIC, ACIN contra civiles, y a la persecución política desarrollada en su "justicia indígena"

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CP Toribio 20 de mayo 2013


COMUNICADO DE PRENSA
LA RED DE DERECHOS HUMANOS DEL SUR OCCIDENTE COLOMBIANO
“Francisco Isaías Cifuentes”
COMISIÓN DE DERECHOS HUMANOS DEL MOVIMIENTO POLÍTICO Y SOCIAL MARCHA PATRIÓTICA.
COMUNICA
Sur occidente de Colombia, 20 de Mayo de 2013.
Sobre las declaraciones realizadas y lo contenido en los comunicados emitidos por el CRIC, la ACIN y la ONIC en el marco de la llamada "Asamblea de las Comunidades Indígenas Del Norte Del Cauca" realizada en el territorio ancestral de Toribio en el Departamento del Cauca, el día 29 de abril 2013, en donde entre otros se expreso que "el juicio que hoy se va a dar es para castigar comuneros", "pero no demoran en sacar un comunicado diciendo que el cabildo viola los derechos humanos (...) y hasta esta ONG defensora de Derechos Humanos Francisco Isaías Cifuentes, diciendo eso es violación de derechos humanos y del derecho internacional humanitario", y haciendo referencia a las FARC se dijo "Preparan política y militarmente a sus unidades para enfrentar al movimiento indígena, generando y auspiciando al interior de las comunidades, grupos organizados denominados AVELINOS, RESERVAS CAMPESINAS, entre otros. Los cuales tiene como único fin el dominio territorial, ideológico, político y hegemónico para obstruir el desarrollo de nuestras organizaciones propias".
Luego de el despliegue mediático que se presento con el hecho, nos dimos a la tarea de realizar un trabajo de campo e indagar en el terreno, no con los círculos de poder de la ACIN, el CRIC o los indígenas de otros municipios que llegaron, puesto que ya lo habíamos recogido de sus pronunciamientos y declaraciones. Lo hicimos con el indígena de a pie de Toribio, los verdaderos indígenas de los resguardos de San Francisco, Toribio y Tacueyo, con los estudiantes del Colegio y obviamente con las familias de los señalados y de los condenados, obteniendo además los audios y videos de la audiencia.
Teniendo como base lo anterior La Red de Derechos Humanos del Suroccidente Colombiano “Francisco Isaías Cifuentes”, nos vemos obligados ética y moralmente a escribir estas letras:
1. Tenía razón el dirigente Alcibíades Escue al señalar en medio de la audiencia que nos íbamos a pronunciar sobre el tema. Y como no hacerlo si en diferentes escenarios hemos identificado claros abusos de poder y la violación de derechos fundamentales que se viene presentando en Ejercicio de la llamada Jurisdicción Especial indígena por parte de los administradores de Justicia indígenas y las violaciones al Derecho Internacional de los Derechos Humanos de los cuales es responsable el Estado colombiano al permitir este tipo de vejámenes.
En el caso particular de Toribio, en diferentes espacios académicos y sociales y ante instituciones estatales hemos señalado el carácter sistemático de represión ideológica y de persecución política que se ha presentado en ejercicio de la "justicia indígena" y pretende justificar bajo la bandera del respeto a los usos y costumbres.
¿Acaso es respeto a los Derechos Humanos el herir, torturar, confinar en calabozos y no suministrar agua y alimentos, o privar de visitas de familiares y amigos a seres humanos sin distingo de si son hombres, mujeres y niños, los cuales han tenido en común que han sido objeto de la aplicación de la llamada justicia indígena?.
Al igual que académicos, la Defensoría del Pueblo y algunos medios de comunicación hemos propuesto el debate sobre los límites que debe tener la aplicación de la Jurisdicción especial indígena y la urgencia y necesaria actuación estatal en ejercicio de la inspección, vigilancia y control en pro de la protección del acceso a la justicia para los comuneros indígenas, máxime si la justicia es un pilar de todo estado social y democrático de derecho.
Y lo hemos señalado básicamente porque: hemos conocido casos de víctimas de la "justicia indígena" en los que se les violan los derechos a un debido proceso, a la presunción de inocencia y se anula el principio de legalidad, puesto que, no hay claridad sobre los tipos "penales" sancionatorios y los procedimientos y las penas no están preestablecidas, y antes de iniciar el "juicio" el "tribunal" tiene preestablecida la necesidad de condenar e inclusive días antes ha definido la pena.
A lo anterior se le suma que en la práctica muchos de los indígenas son condenados a penas excesivas, no obtienen rebajas de pena por trabajo o buena conducta, no hay eximentes de responsabilidad, ni tienen acceso a libertad condicional y se los abandona a su suerte en una cárcel común. A no ser que sea "amigo" de la cúpula de poder que gobierna, constituyéndose lo anterior en un foco de corrupción.
Es necesario recordar que en la cárcel de San Isidro se presentan casos como, que:
· Un indígena pagó casi 4 años por haber empujado al gobernador del resguardo.
· Un profesor está pagando 40 años por abusar sexualmente de una niña, aun cuando cuenta con un examen de Medicina Legal que dice que la supuesta víctima es virgen.
· Por el hurto de una gallina y unas ollas viejas, un indígena paga una pena de 20 años.
· Tres indígenas fueron condenados a sendas penas de 60 años por el asesinato de un gobernador. Ellos, además de alegar su inocencia, se quejan de la severidad del castigo.
· Jesús Eduardo Mestizo, fue condenado a 8 años por el presunto delito de armar desorden en la comunidad. por el simple hecho de contradecir a las autoridades de la época.
2. Nuevamente las organizaciones indígenas de forma irresponsable insisten en tildar, negar y señalar procesos sociales campesinos e indígenas del Departamento, los cuales dicho sea de paso son legítimos y legalmente constituidos.
Desde antaño algunos dirigentes indígenas de la ACIN y el CRIC han buscado ocultar, desinformar, dividir, confundir, manipular y negar derechos de quienes dicen representar. El argumento siempre es el mismo el señalar a organizaciones y dirigentes que contradicen los círculos empotrados en el poder sobre los pueblos indígenas, inventar supuestos "planes de división y exterminio" y buscar relacionar a civiles con la insurgencia armada de las FARC-EP.
Una estrategia que día a día a pesar de sus esfuerzos sale a la luz pública: Por un lado se victimizan, mientras desconocen a los demás sectores sociales u organizaciones de su mismo sector en el departamento que contradiga su proyecto político y económico, y a su vez evaden sus responsabilidades históricas.
El Contexto que actualmente padecen las comunidades indígenas con énfasis en los Municipios de Toribio y Jámbalo lejos de ser situaciones aisladas tienen su origen en las crecientes diferencias y tensiones internas por el manejo de la salud, la educación, la distribución de tierras y la aplicación de la jurisdicción especial indígena que se sostienen al interior de las comunidades que dicen representar algunos directivos de las organizaciones indígenas CRIC y ACIN.
3. Frente a la supuesta garantía al debido proceso y a el respeto a los usos y costumbres en el caso particular de los retenidos, señalados y condenados es importante señalar:
· El día 26 de abril de 2013, la Guardia indígena retienen a seis comuneros indígenas que son señalados públicamente por parte de la dirigencia de la ACIN y el CRIC, como integrantes de las FARC-EP. A través de los medios masivos de comunicación se difunde la información que son los responsables de la muerte del señor VENANCIO TAQUINAS.
· Los días sábado 27 y domingo 28 de abril de 2013, los detenidos son trasladados a las instalaciones del colegio CECIDIC del Municipio de Toribio con el objeto de realizar la asamblea de juzgamiento y condena. Los miembros de la ACIN convocan a los comuneros a Asamblea, pero la comunidad no acude. Sería importante indagar ¿Porque la comunidad indígena de Toribio siendo la competente para discutir el tema no asiste?
· El día lunes 29 de abril de 2013, arriban a Toribio los gobernadores de diecinueve (19) cabildos que integran la ACIN con una pequeña delegación. Por lo cual se decide realizar una Asamblea indígena del norte del Cauca, integrada con los gobernadores y su comitiva, la Guardia Indígena y con algunos alumnos de bachillerato acelerado de los colegios de Toribio.
· La Asamblea se realiza en un salón, con una capacidad restringida, sobre el cual se despliegan cinco anillos de seguridad de la Guardia Indígena.
· La guardia indígena no permite el ingreso de la mayoría de comuneros de los resguardos indígenas de San Francisco y de Toribio, pero si entran las delegaciones de los demás cabildos. A las familias de los retenidos se les restringe el ingreso.
· Los asistentes a la Asamblea indígena del Norte del Cauca sumaban aproximadamente ochocientas (800) personas, no cuatro mil (4000) como lo han dicho en los medios de comunicación.
· En el desarrollo de la Asamblea intervienen el señor NELSON LEMOS quien la coordina, junto con ALCIBIADES ESCUE, JESUS CHAVEZ Consejero Mayor del CRIC, DANILO SECUE, Consejero Mayor de la ACIN, y otros dirigentes, que con los gobernadores conforman el "Tribunal Indígena". Señalan que para garantizar a los detenidos el derecho de defensa, les permiten que cada uno haga sus descargos durante tres (3) minutos y un familiar de cada uno de los detenidos  también durante tres (3) minutos. Pero antes el señor LEONARDO ESCUE, quien tiene el cargo de Jurídico de la ACIN, ha manifestado que las pruebas que tienen indican que son culpables, que no había que dudar de la investigación que habían realizado. ALCIBIADES ESCUE habla de castigos.
· CIVILINO UL, públicamente admite ser miliciano de las FARC, pero aclara que nunca ha atentado contra la población civil, pero que él sí sabe quiénes son los responsables de la muerte de ALFREDO RIOS, dirigente campesino asesinado el día 23 de julio de 2011, cuando era candidato al Consejo Municipal de Toribio. Inmediatamente le arrebataron el micrófono e impidieron que siguiera hablando.
· Los acusadores se limitaron a manifestar que tenían los elementos probatorios, pero no aparecieron los testigos de cargos, no se escucharon. Algunos de los integrantes de la comunidad que pudieron ingresar al salón y pidieron que les permitieran intervenir, les negaron ese derecho.
· Finalmente el tribunal indígena señala que de los seis retenidos, contra cuatro de ellos no tienen pruebas para condenarlos y se los entregan a sus familias, quedan solo CIVILINO UL SECUE Y JHON JAIRO MAYORGA SUAREZ, de las pruebas que dicen tener en su contra, para CIVILINO alguna persona dice haberlo visto en una motocicleta, el día de los hechos, cerca al sitio, pero no atienden a lo dicho por el acusado que manifiesta en su intervención que  ese día y hora estaba en su casa laborando, los trabajadores que lo acompañaron en ese momento, tienen temor de hablar, pero que si les garantizan seguridad para ello, están dispuestos a declarar lo que saben.
De JHON JAIRO lo señalan porque ese día a las dos de la tarde, alguien lo vio acompañado del señor FABIO OPOCUE, que estaba embarrado y con el trasero con barro, la razón para ello que da JHON JAIRO, es que ese día estuvo laborando en un cultivo de papa apolcando, que llovió y por eso estaba embarrado.
· Ya con la acusación, es JESUS CHAVEZ, consejero del CRIC, quien toma la palabra y manifiesta a la Asamblea que a cuantos años quieren que los condenen, que si a 10 o 20 o 30 o 40, fueron los integrantes de la Guardia Indígena y los gobernadores y un pequeño grupo de comuneros quienes gritaron que a 40 años de condena.
· De los familiares de los acusados sufrieron agresiones por parte de la Guardia indígena y les causaron lesiones en su cuerpo la señora YESICA SHIRLEY MAYORGA, que estando embarazada con 7 meses  de gestación, fue golpeada y debió acudir al Hospital, SILVANA LUCIA UL, lesionada, ROSA JULICUE, anciana mayor de 70 años, que fue golpeada en la cabeza, DARVIN  URIEL UL, también lesionado en varias partes del cuerpo.
Pese al proceso "legal" en ciernes, a la presunción de inocencia, y las afectaciones en derechos fundamentales como la libertad, la honra y reputación que han debido padecer este grupo de comuneros indígenas, las autoridades indígenas insisten en desarrollarprocesos amañados, desconociendo los usos y costumbres.
Responsabilizando a las organizaciones indígenas CRIC, ACIN y ONIC y al Estado Colombiano por los derechos a la vida, la seguridad e integridad personal, la dignidad humana, la honra y reputación y la libertad de los integrantes de las organizaciones campesinas e indígenas señaladas.
Ante la gravedad de lo descrito anteriormente solicitamos al estado colombiano:
1. Que se cumpla realmente con la función de inspección, vigilancia y control en la aplicación de la jurisdicción especial indígena de manera tal que se  garanticen los derechos fundamentales de nacionales que independiente de su pertenencia étnica son ciudadanos colombianos y están viendo afectados sus derechos.
2. Que se adelante un proceso de reglamentación normativa que ponga al centro la garantía de pilares fundamentales tales como el de legalidad, debido proceso, libertad, dignidad, igualdad y presunción de inocencia. Los cuales están siendo afectados en aplicación de la jurisdicción especial indígena. y de paso que se ponga límites y controle el ejercicio del poder jurisdiccional sobre las autoridades indígenas.
3. Que se adelante un proceso exhaustivo de revisión de las sentencias dictadas por los tribunales indígenas en el Departamento del Cauca.
4. Que se la jurisdicción ordinaria asuma la investigación de la muerte del señorALFREDO RIOS, dirigente campesino asesinado el día 23 de julio de 2011, cuando era candidato al Consejo Municipal de Toribio. Y que en dicho proceso investigativo se llame a rendir testimonio al señor CIVILINO UL.
5. Que se reglamente todo lo relacionado con los recursos de las transferencias que, de los impuestos de todos los colombianos, se hacen a entidades indígenas de derecho público especial,
RED DE DERECHOS HUMANOS DEL SUR OCCIDENTE COLOMBIANO
“Francisco Isaías Cifuentes”
COMISIÓN DE DERECHOS HUMANOS DEL MOVIMIENTO POLÍTICO Y SOCIAL MARCHA PATRIÓTICA.

De Marquetalia a La Habana: 49 años luchando por la paz

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Las FARC-EP, con ocasión de cumplirse este 27 de mayo el 49 aniversario de nuestra fundación en Marquetalia, enviamos un saludo patriótico, revolucionario y fraternal al conjunto de las masas populares que luchan por la justicia en Colombia, Nuestra América y el mundo.


Nacimos como un puñado de mujeres y hombres del pueblo de Colombia, obligados por la brutal violencia ejercida en beneficio de minorías privilegiadas por el poder del Estado, a alzarse en armas en defensa de su vida, su dignidad y sus sueños. Manuel Marulanda Vélez, Jacobo Arenas, Hernando González Acosta y el resto de los 46 campesinos y 2 campesinas que suscribieron el Programa Agrario de los Guerrilleros en 1964, encarnaron con legendaria bravura la erupción de un sentimiento nacional de resistencia y denuncia contra el crimen, la impunidad y la intolerancia.

Las FARC-EP somos producto del crisol en que al calor del fuego y el filo de otras armas, la oligarquía colombiana pretendió entronizarse hasta la eternidad en la dirección del Estado. Viejos partidos compuestos por terratenientes y burgueses de distintas esferas, inspirados en la doctrina fascista de seguridad nacional, ensoberbecidos por el apoyo incondicional del gobierno de los Estados Unidos en su afán de dominio continental, se encargaron de hundir a Colombia en la horrible noche de muerte, persecución y terror que por desgracia aún no termina.

La guerra, la violencia y el miedo generalizado han sido siempre, a lo largo de la historia universal, instrumentos favoritos de los poderosos. Colombia no es una excepción. Para demostrarlo basta una mirada desapasionada sobre los acontecimientos que han bañado de sangre y dolor la vida de los más débiles y humildes desde los lejanos días de la conquista. O los sucesos que precipitaron en nuestra nación el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y la furia violenta del Estado que aún no cesa. En nuestro país, en los últimos 65 años, las víctimas no se cuentan por miles, sino por centenares de miles y por millones. Y toda la responsabilidad recae sin duda en las clases dominantes y sus ambiciosos partidos políticos, aunque se vistan de etiqueta y se laven con pulcritud las manos.


La tranquilidad del hogar, la concordia, los sentimientos de paz, han sido en cambio el más valioso patrimonio de las mujeres y los hombres que viven con sencillez del trabajo de sus manos.  La guerra, toda guerra, consiste en un enfrentamiento desatado por los ricos en contra de los pobres. Las mejores tierras, los grandes proyectos de explotación de hidrocarburos, las concesiones mineras, las áreas urbanizables, todo cuanto representa un importante negocio, desata de inmediato las fieras hambrientas, con disimulo o sin él, contra los más pacíficos habitantes condenados a vender, marcharse o morir. La guerra incluye entonces el silencio y la mentira.

Las FARC-EP somos pueblo que enfrenta con armas las armas del poder y la riqueza. Sentimos por tanto el más inmenso aprecio por la paz que nos robaron, la paz que le robaron a Colombia los negociantes y politiqueros. Nunca hemos querido la guerra. Desde antes del ataque a Marquetalia, nuestros fundadores reclamaron ante el Estado, la Iglesia y la comunidad internacional por un diálogo. Nada detuvo la obsesión de los azuzadores enquistados en el parlamento y el gobierno. Durante estos 49 años siempre hemos luchado por una solución política al conflicto. Nuestro sueño más querido es que termine definitivamente esta guerra que desangra la patria.

Lo cual no equivale a arrojar los fierros al suelo y volver sumisos al redil, hay que atacar las causas del conflicto. Las clases dominantes en Colombia, los dueños tradicionales del poder y la fortuna, deben cesar para siempre sus conductas violentas, poner fin a sus prácticas intolerantes, desmontar sus aparatos de muerte y terror, permitir que en Colombia se instaure la democracia verdadera, que se proscriban la estigmatización y la amenaza, la persecución y el destierro, el crimen que garantiza con su impunidad la dominación por el miedo.

El pueblo colombiano, la gente trabajadora y humilde que soporta los rigores de la pobreza y es acosada por sicarios de diversa índole, la enorme masa a la que sólo se le ofrecen migajas a cambio de inclinar con mansedumbre la cerviz, tiene todo el derecho a organizarse políticamente, a expresar sus sentimientos de inconformidad y sus propuestas de cambio, a hacer política sin riesgo de ser asesinados. Las víctimas y opositores a la salvaje locomotora minera, los afectados de todo orden con los TLCs y las políticas neoliberales de despojo, deben contar con plenas garantías para el trabajo pacífico en torno a la abolición de esas atroces políticas contra la humanidad.

La guerra tiene que ser terminada. Lo está exigiendo en las calles la inmensa mayoría de colombianos. Para materializar en verdad ese objetivo, esos esfuerzos tienen que armonizarse y coordinarse, unirse de manera sólida y pronunciarse de manera enérgica. Será imposible poner fin definitivo a la guerra en nuestro país, si el bloque dominante de poder desconoce que la consecución de la paz implica profundas reformas, de carácter estructural, en las instituciones y en la vida nacional, sin las cuales no desaparecerán jamás las causas de la guerra. Lo comprendimos perfectamente las FARC-EP desde el primer intento de reconciliación en Casa Verde y nos mantenemos fieles a esa posición, la única que beneficia sin ningún interés a Colombia.

Si la oligarquía se niega a hacer los cambios, la enorme multitud del pueblo movilizado se encargará de imponerlos. Nuestro país atraviesa por un momento histórico y crucial. La nación colombiana no puede permanecer más en silencio, como simple espectadora de unos diálogos en el exterior y a la expectativa de sus resultados. Los foros celebrados en Bogotá en torno a la Política Agraria Integral y a la Participación Política, pusieron de presente el enorme caudal de posiciones coincidentes y la potencialidad de los anhelos por transformar nuestro país hacia una democracia verdadera, en paz y con justicia social. Pero no basta con ello.

La ponencia y el discurso no conmueven un ápice la conciencia de los personeros del régimen. Hace falta mucho más. Que se repitan una y otra vez movilizaciones como las del 9 de abril. Que el pueblo hable y se haga respetar. El no a la guerra tiene que ser un sí a la reforma agraria integral, un sí rotundo al freno de la locomotora minera, un sí rotundo a una Asamblea Nacional Constituyente que consagre efectivas garantías democráticas, un sí a la desmilitarización del territorio nacional, un sí a la prohibición de los garrotes del ESMAD, un sí a la justicia contra los responsables ocultos y visibles de los grandes crímenes contra el pueblo colombiano.

Las FARC-EP no íbamos a desechar de ningún modo los ofrecimientos del Presidente Santos en el sentido de intentar la vía de una solución civilizada y dialogada al conflicto colombiano. Cuando comenzó este gobierno, llevábamos 46 años combatiendo por ello. Sabíamos y sabemos, como recién ratificó en la prensa el Alto Comisionado de Paz, que las intenciones del régimen no eran otras que las de conseguir nuestro humillante sometimiento al precio de un aplastante encarnizamiento mediático. Pero un Ejército del Pueblo como el nuestro, que conoce el auténtico sentir de los colombianos, sabía que no había razones para temer. Poco a poco, lenta pero firmemente, se iría levantando un clamor muy distinto por la paz.

Hoy ya comienza a sentirse la fuerza de ese poderoso eco por todos los rincones del país. Ya Colombia entera expresa que la paz es el nombre de la justicia social. Ya la nación comprende que la fórmula santista de oponer un no rotundo a cuanto se le plantea en la Mesa, es un cebo hábilmente concebido para validar su entrega definitiva a los intereses del capital extranjero. La Agenda pactada en La Habana no servirá jamás, por parte de las FARC-EP, para endosar el imperio del neoliberalismo y santificar la dictadura civil en nuestras instituciones. No existen ningún tipo de acuerdos secretos como afirman algunos politiqueros con perversos propósitos.

Las FARC-EP creemos sincera y apasionadamente que la paz es posible, y que las circunstancias son abiertamente propicias para conseguirla. No tenemos la menor duda acerca de la importancia de la existencia de la Mesa de Conversaciones en Cuba. Se encarga de confirmárnoslo el plebiscito nacional e internacional de respaldo que recibimos a diario. Confiamos en que el pueblo colombiano avanzará sin parar hacia esa Mesa, para hacerse oír, y en que tanto él como la comunidad internacional se encargarán de blindar los diálogos para impedir que se rompan por parte del gobierno, una vez vea claro que las cosas no se van a dar como las planeó. Esta vez no podrán proceder como lo hicieron doblemente en Casa Verde, Tlaxcala o el Caguán.

Al tiempo que compartimos el regocijo de completar 49 años continuos de lucha por la paz, reconocemos el heroico esfuerzo de todas aquellas mujeres y hombres, ancianos y niños, que de una u otra manera han puesto su cuota de sacrificio en apoyo a nuestra lucha. Nuestros combatientes caídos en combate o encerrados en prisiones provinieron, al igual que todos los demás, de esa masa humana esperanzada y noble que con abnegación silenciosa lo ha arriesgado todo por nosotros. Nuestros muertos y heridos, nuestros prisioneros, nuestros guerrilleros y milicianos asediados por bombas y metralla, nuestros camaradas clandestinos, nuestros héroes extraditados, lo han entregado todo, sin ningún interés personal, por Colombia y su gente, por la paz y la justicia. A todos ellos, a todas ellas y a nuestro pueblo, un homenaje sincero en este nuevo aniversario.

¡Hemos jurado vencer!… ¡Y venceremos!
SECRETARIADO DEL ESTADO MAYOR CENTRAL DE LAS FARC-EP

Montañas de Colombia, 27 de mayo de 2013.




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Agencia de Noticias Nueva Colombia, ANNCOL

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